IGR: 0501. Versión: 2. Rima: á-a. Hemistiquios 110.
La Cruz Santa (ay. Los Realejos, ant. Realejo Alto, p.j. La Orotava, isla de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, España)
En esta ciudad vivía un caballero de fama,
a él lo llaman don Pedro, su señora doña Juana,
y a su hija doña Antonia, que aunque es pequeña, es bizarra.
Habelitóse y fue a misa un domingo de gran gala,
se monta en una arcarroza, cuatro caballos la halan,
cuatro caballos mermejos, que la arcarroza volaba.
En la puerta de la iglesia hizo reverencia llana,
se quita guantes de seda y en su faldiquera guarda,
se quita guantes de seda y enseña su mano blanca,
y toma el agua bendita por manos de una criada.
Aquel general Peñón, que dentro la iglesia estaba,
preguntó a su soldadez de quién es aquella dama.
Es hija de un mercader, que en la ciudad tiene fama,
a él lo llaman don Pedro, su señora doña Juana,
y su hija doña Antonia, que aunque es pequeña, es bizarra.
Al punto escribió un billete para el padre de la dama,
si era gustante el don Pedro que fuera a comer a su casa.
Mandóle decir que sí, aunque no de buena gana.
Al otro día a las doce ya el general está en casa.
Trata[n] de poner la mesa en una adornada sala;
ponen mesa de marfil, manteles de fina grana,
en cada esquina un cubierto y también cuchillo en vaina.
Cuando al medio del comer, el general preguntaba:
¿Ó tu hija, mercader, que a esta mesa no es llegada?.
Mi hija Antonia es muy chica y a esta mesa no alcanzaba.
¡Juro por el alto cielo y por la cruz de mi espada,
que la tengo de llevar arriba mi retaguarda!.
Se levanta de la mesa, de rabieta y colorada,
y se va para aquel cuarto donde doña Antonia estaba:
¡Hija Antonia de mi vida, espejo onde me miraba,
aquel general Peñón, que dentro la sala estaba,
jura por el alto cielo y por la cruz de su espada,
que te tiene de llevar arriba su retaguarda!.
¡Cállese, padre querido, de eso no se le dé nada,
que la que quiere ser buena, no le falta modo y maña!.
Váyase usté a la cocina y tráigame a una criada,
la más bien hecha de cuerpo, la más bonita de cara,
yo le pongo de mis ropas, yo le pongo de mis galas,
yo le pongo juboncillo de cien ducados la vara;
yo me pongo toca sucia, de camisa remendada,
y me cojo una escoba y voy a barrer la sala
y también voy a juntar cascaritas de granadas.
Cuando allá a la medianoche el general caminaba,
sale la niña del cuarto compuesta y aderezada;
la coge por un bracito, la monta en su retaguarda.
Cuando al medio del camino, el general preguntaba:
¿Qué lleva, la doña Antonia, que de amor no dice nada?.
¿O lleva dolor de muelas, o va del amor turbada?.
Ni llevo dolor de muelas ni voy del amor turbada,
ni soy yo la doña Antonia, doña Antonia llaman mi ama.
Vuelva atrás, mi soldadez, lleve la niña a su casa,
que el que mantiene la niña que mantenga la criada,
y Dios la libre que salga en compaña de otras damas.
Al otro día mañana, la niña en la calle andaba
con un vestido de seda que a duro costó la vara.