IGR: 0185. Versión: 11. Rima: í-a. Hemistiquios 70.
Campo de Ebro (ay. Valderredible, p.j. Reinosa, Santander, España)
En la ciudad de Madrid la mejor que el rey tenía,
residía un caballero, grande labranza poseía.
Cuando la iba a ver a caballo se ponía;
rosario de oro en la mano tres veces le reza al día,
uno por la mañanita otro reza al mediodía,
otro reza por la tarde cuando a su casa volvía.
En el medio del camino halló un pobre de rodillas,
tullido de pies y manos que moverse no podía.
Por Dios, por Dios, caballero–, el pobrecito decía,
si me llevara a su casa o a la entrada de la villa.
Se ha apeado el caballero y a las ancas le ponía;
a su casa le ha llevado, le ha sentado en una silla
y le ha dado de comer de la cena que él tenía,
y le ha dado de beber de lo mismo que él bebía,
y le ha acostado en su cama; él en el suelo se tira.
A eso de la medianoche el cuarto resplandecía;
se levantó el caballero con una luz encendida;
vio a Jesucristo en su cama y clavado le tenía.
¡Oh, quién lo hubiera sabido que este huésped yo traía!
le hubiera dado a cenar del cuerpo y del alma mía,
le hubiera dado a beber de aquesta mi sangre misma.
Basta, basta, caballero, la intención es conocida,
en el reino de los cielos te está esperando una silla,
otra para, tu mujer por lo bien que te quería;
otra para vuestros hijos por lo bien que obedecían,
otra para tus criados por lo bien que te servían.
El día que él se murió grande regocijo había;
viniera allí San José, también la Virgen María;
vinieran santos y santas todos en su compañía;
las campanas del convento sin tocarlas se tañían;
y las velas del altar sin encenderlas ardían.
Toda la gente del pueblo unos a otros decían:
¿Quién se habrá muerto, Señor, que las campanas plañían.
Ya murió aquel caballero, que tanta limosna hacía,
ya murió el buen caballero quién fuera en su compañía.