IGR: 0163. Versión: 2. Rima: á-a. Hemistiquios 128.
Alcuéscar (ay. Alcuéscar, p.j. Cáceres, ant. Montánchez, Cáceres, España)
En una ciudad famosa que la llaman de la Algaba,
había un bizarro mozo que Diego León se llama.
De la más hermosa niña este tal se enamoraba;
este tal se enamoró de la más hermosa dama
que se halla en Andalucía, que en Andalucía se halla.
Estando un día los dos, el León dijo a su dama:
Hoy te quisiera pedir, no sé si es cosa acertada,
aunque tu padre no quiere, que bien conocido estaba.
De allí se apartó el León y se fue para la plaza,
y vido estar a don Pedro sentadito en la otra banda.
Ya se le acerca don Diego y estas palabras le hablaba:
¿Que si me quiere usté dar la su linda y bella Juana.
Y don Pedro le responde, su padre le contestaba
que no la quiere casar porque es muy linda muchacha;
que la quiere meter monja en un convento en Triana.
De allí se apartan los dos, cada cual se fue a su casa.
Don Pedro se fue a la suya y a su hija aparte llama:
Hija de mi corazón, hija de toda mi alma,
Diego León te ha pedido, ¡vaya muy enhoramala!
que es un hombre que no tiene ni caudal para una capa;
y el que haiga de ser mi yerno es necesario que traiga
cien ducados en hacienda, otros cien en oro y plata,
y otros tantos le daré a mi linda doña Juana.
Padre, cásame con él, aunque nunca me des nada,
que los bienes de este mundo Dios los quita y Dios los manda.
La agarró por los cabellos y la encerró en una sala,
porque con él no se fuera, porque sola no se vaya.
Y de que llegó la noche fue el León a ver su dama;
vé que naide le responde, ni nadie le dice nada.
¡Supuesto que la mi niña me la tienen encerrada!.
Ya don Diego se ha acostado a la hora acostumbrada,
y no podía dormir, que hasta el dormir le estorbaba.
Y a eso de la medianoche tira un brinco de la cama.
Se puso calzón de ante, con una media bizarra;
cogió la espada y se fue a la calle de su dama.
Calle arriba, calle abajo, cavilando en cosas varias;
y don Pedro, como es diestro, se ha asomado a una ventana
y vido andar a don Diego en los paseos que daba.
Se ha levantada don Pedro, cuatro parientes llamaba,
y la muerte del León entre los cinco trataban,
y cueste uno, cueste dos, que cueste lo que costara.
Al regolver de una esquina con los cinco se encontraba.
¡No sé como no tembláis del decir de la mi espada!.
Atropellando con ella, a golpes y a cuchilladas,
de los cinco mató a tres, y los dos muy mal quedaban.
Murió el padre de esta niña, Dios le perdone su alma,
y mus perdone la nuestra cuando de este mundo vaya.
Al río de Barquivir fue el mozo y se arrojó al agua.
Unos dicen: «¡Que se ahoga!», otros: «Se lo llevó el agua».
Y el León, como era diestro, pasa de una a otra banda.
Se estuvo oculto unos días por ver si aquello aplacaba;
y como hay tantos soplones, que soplones nunca faltan,
andaba el pleito muy listo, desde Sevilla a Granada.
Por seis años a galeras salió la sentencia dada:
el mozo cumplió su tiempo, luego se vino a su casa.
A su madre le pregunta, a su madre preguntaba
si se había ya casado la su linda doña Juana.
Y no se había casado, que solterita se hallaba.
Y de que llegó la noche fue el León a ver su dama.
¿Quién es ese caballero que a mi puerta ahora llama?.
Diego León soy, señora. Es el que traigo en el alma.
Se han abierto dambas puertas, la del alma y la de casa.
Al otro día se amonestan y al otro día se casan.
¡Dios los tenga bien casados, a Diego León y su dama!.