Clasificación de los romances
Bajo el término de Romancero se engloban creaciones literarias de muy variada y dispar naturaleza, que hace muy difícil establecer fronteras nítidas entre romances de unos y otros tipos y tiempos, pues en la historia de su transmisión, sea escrita, sea oral, abundan los entrecruzamientos.
La complejidad del corpus del romancero, que expresó con perplejidad Diego Catalán y que no se encuentra en otros corpus baladísticos europeos, radica en que la existencia de romances de tradición oral moderna dificulta en gran medida poner límites a unos y otros grupos. El siguiente artículo de Maximiano Trapero de 1993 ilustra esta problemática: «El estudio del romance Rodriguillo venga a su padre plantea los mismos problemas que plantea un romance tradicional sin documentación antigua; pero aquí se complican por una cuestión de límites en la propia historia que se relata. Porque una de tres: a) el Rodriguillo es reconstrucción erudita a partir de los romances juglarescos de la segunda mitad del XVI, posteriormente tradicionalizado; b) o existió un modelo viejo, desconocido hoy, que, por una parte, sirvió de base a los tantos romances particulares del XVI y XVII y que, por otra, siguió viviendo en la tradición oral al margen de la «literatura», o c) es reconstrucción juglaresca del XVI pero no a partir de los romances episódicos del romancero «nuevo», sino a partir de los romances viejos existentes y de la propia tradición literaria escrita. Parece más verosímil la tercera alternativa, es decir, se trataría de una creación erudita del XVI como romance cíclico que aglutina las historias particulares de varios romances episódicos antiguos y que, por estar hecho a imitación de los romances orales, alcanzó cierta vida tradicional, al margen de los otros romances literarios que nacieron con vocación de quedar inalterables en la escritura».
Los primeros romances aparecen publicados en las primeras recopilaciones de los romances que circulaban en pliegos sueltos y cantos populares. El primer romance que se conserva manuscrito es el titulado Gentil dona, gentil dona. Fue anotado por Jaume de Olesa, un estudiante de Mallorca, en un cuaderno de textos copiado en 1421. Sin embargo, nada impide suponer la existencia de textos más antiguos cuya transmisión se vio acortada por el frágil soporte de la voz o el papel.
Existe un consenso general en identificar tres grandes periodos para clasificar los romances:
- El Romancero Viejo abarca los textos compuestos o publicados antes de la segunda mitad del siglo XVI. En cifras, se trata de un conjunto de ciento cincuenta textos romanceriles dispersos en una treintena de colecciones de poemas diversos, la mitad de ellos manuscritos, los otros impresos. Cuarenta y ocho versiones de los romances aparecen en quince fuentes manuscritas y otras noventa y nueve en trece cancioneros impresos.
- El Romancero Nuevo lo forman los textos de la segunda mitad del siglo XVI y el siglo XVII, y
- El Romancero Moderno los textos de los siglos XVIII, XIX y XX.
Esta primera clasificación cronológica entre romances antiguos y modernos concuerda también con la propuesta por Menéndez Pidal (Romancero Hispánico vol.2) quien fijó la fecha de 1580 para distinguir los romances viejos y los romances nuevos entre el grupo de romances antiguos.
El Romancero Viejo lo forman los romances de carácter narrativo, nacidos en la Edad Media, concebidos para ser cantados y compartidos, que se memorizaban y transmitían oralmente de generación en generación. Se trata de breves poemas épicos y líricos cuyo origen se remonta a los antiguos cantares de gesta y que, a partir de la imprenta, empiezan a circular en pliegos sueltos en todas las comunidades de habla hispana. Su enorme difusión llega hasta finales del siglo XVI, en que aparece el romancero «nuevo» ajustado al lenguaje y estética del Barroco.
Dentro del conjunto de romances nuevos que constituyen el Romancero nuevo (ver artículo de Mariano de la Campa Gutiérrez, 2005) dos subgrupos están bien diferenciados. Se caracterizan por su estilo narrativo, noticioso y popular que despertaba el interés de un público ansioso por noticias nuevas, casos ejemplares y sucesos espantosos. Son romances largos, próximos a las relaciones de sucesos e incluyen, en nuestro caso, sucesos de la época Trastámara, de la de los Reyes Católicos, de la de los Austrias y de los primeros Borbones. Estos romances presentan un estilo que se aproxima más al lenguaje barroco en el siglo XVII, y según se acerca el siglo XVIII se van contagiando del lenguaje propio del romancero vulgar. El subgrupo de romances noticieros tardíos (1580-1713), lo componen alrededor de 130 textos. Incluye grupos temáticos como el de don Alvaro de Luna, don Juan de Austria y Rodrigo Calderón. Este subgénero noticiero, por distintos motivos, a fines del XVI y comienzos del siglo XVII volvió a poner de moda ciertos temas (relacionados con modelos de conducta) como la caída de validos, los testamentos de monarcas o los relativos a acontecimientos muy significativos relacionados con la monarquías (muerte de Felipe II, bodas de Felipe III, nacimiento de Felipe IV) como muestran los romances de: El Testamento de Felipe II conservado en un pliego de 1609 (pero seguro anterior) y el Testamento de Felipe III en testimonios del siglo XVII (1624, 1653) y del siglo XVIII. Y el otro grupo, formado por los romances de ciego sobre sucesos admirables o tremendos, que hoy llamamos romancero vulgar y que fue caracterizado por Flor Salazar y Diego Catalán en 1999. Aparecieron mucho antes de lo que la crítica ha considerado, y fueron ferozmente desprestigiados en el siglo XVIII como nocivos al pueblo, y en el XIX como signo de una sociedad degenerada, por lo que no volvieron a ser objeto de estudio hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX. Relacionados con la figura del ciego, cuya forma de ganarse la vida era a través de la recitación o canto y la venta de los pliegos sueltos, constituyen un tipo de subliteratura cada vez más atendida. Este romancero vulgar está compuesto de un «vocabulario florido y una sintaxis compleja, una visión estrictamente narrativa de los sucesivos detalles del caso admirable que se informa, faltos de variación creativa», y sujetos a una organización expositiva muy característica. Los ejemplos más llamativos de este romancero de sucesos y casos admirables, suelen ser bastante conocidos: La renegada de Valladolid, del que conservamos noticia de un pliego de 1586, y que se reeditó en el siglo XVII, XVIII, y XIX; La fratricida por amor, que apareció nada menos que en la Flor de romances primera y segunda (Barcelona, 1591); Los presagios del labrador y la Rueda de la fortuna, que se incluyeron en una antología del XVII, Romances varios de diversos autores (Zaragoza, 1640; pero hubo impresiones anteriores, Valencia 1635 y Córdoba 1636); La mala hija que amamanta al diablo, en pliego de 1671, La difunta pleiteada, conservada en un pliego suelto de 1682, de la colección Samuel Pepys (Cambridge); Diego León, publicado en otra antología, Xáxaras y romances varios compuesto de viersos autores que por lo delytable causará apacible gusto a los que lo leyeren (Málaga, 1688);
La afrenta heredada, en pliego de 1689; o La Virgen elige a un pastor como mensajero, testimoniado en pliego suelto de 1701. Finalmente, es muy importante destacar la relación del Romancero nuevo con el teatro y constatar la estrecha simbiosis que une a ambos géneros.
En conclusión, el conjunto de romances puede clasificarse pues en cinco grandes grupos:
- Romances de tradición oral antigua: romances viejos transmitidos oralmente de generación en generación desde época medieval
- Romances juglarescos: romances viejos creados a partir de la imitación de los romances de tradición oral y procedentes de la épica
- Romances vulgares: a caballo entre la escritura y la oralidad, proceden en su mayor parte de esa vertiente intermedia entre lo culto y lo popular que es la literatura de cordel, muy relacionada con la figura del ciego, cuya forma de ganarse la vida era a través de la recitación o canto y la venta de pliegos sueltos
- Romances literarios, artísticos y eruditos: romances nuevos escritos por poetas cultos, en la mayoría de las veces anónimos
- Romances de la tradición oral moderna: romances tradicionalizados a partir del resto de fuentes del romancero nuevo, que se conservan, con numerosas variantes, en la península ibérica, hispanoamérica y la comunidades judeo-sefardíes
Esta clasificación coincide con la tripartita de Wolf-Hoffmann, derivada de la elaborada por Agustín Durán, quienes agruparon los romances en tres bloques:
- Romances primitivos o tradicionales
- Romances primitivos refundidos por eruditos o poetas artísticos
- Romances juglarescos de tradición oral pero creados por juglares
Añadiendo a estos los romances vulgares y los artificiosos o artísticos, compuestos del siglo XVI en adelante, tenemos el esquema básico de la clasificación en cinco grupos.
Si atendemos a la temática, hay una gran variedad de clasificaciones según los temas de los romances, aunque es habitual considerar la siguiente:
- De tema épico-nacional: cuentan episodios de personajes históricos que formaban ya parte de la memoria popular a través de los cantares de gesta.
- De tema histórico o noticioso: tienen una función informativa para dar a conocer los diversos episodios de la actualidad que con el paso del tiempo se convirtieron en sucesos históricos. Dentro de este grupo podríamos encontrar los romances fronterizos, que recogen las gestas militares durante la Reconquista, y los romances moriscos, que presentan con idealización al mundo musulmán y se caracterizan por el tono emotivo de las situaciones.
- De tema carolingio, que provienen de los cantares de gesta franceses, en su mayoría en torno a la figura de Carlomagno. Estos romances también pueden ser clasificados como de tema épico-caballeresco.
- De tema novelesco, que narran aventuras inventadas y son de temas diversos. Suelen centrarse en el tema amoroso y suelen incluir elementos fantásticos.
- De tema bíblico y clásico. Narran historias de la antigüedad tomadas de la Biblia o de la mitología grecolatina
Un enfoque temático clarificador es el aplicado por William J. Entwistle que trata de clasificar el complejo panorama del romancero según los asuntos tratados:
- Romances históricos: serían los de base histórica conocida o probable
- Romances épicos y literarios: se basarían en los cantares de gesta o en materia legendaria elaborada literariamente, incluso si lo narrado tiene su origen en un suceso histórico
- Romances de aventuras: formarían un grupo heterogéneo con asuntos de todo tipo (amorosos, familiares, de misterio, etc.) a menudo extraídos de un fondo folclórico común a toda Europa
A nivel temático, los romances se pueden clasificar en:
- Históricos: también llamados romances “nacionales”, que se agrupan en ciclos referidos a hechos y héroes. Los principales ciclos son:
- Ciclo de Don Rodrigo, inspirados en una crónica de 1430 de Pedro del corral que tratan sobre el desgraciado fin del último rey godo.
- Ciclo de Bernardo Carpio; romances que relatan enfrentamientos de este héroe legendario a Alfonso II cuando iba a convertirse en vasallo de Carlomagno. Cantan la victoria de Bernardo sobre los caballeros franceses de Roncesvalles.
- Ciclo de Fernán González, recoge las hazañas de este héroe, también contenidas en el poema de clerecía que lleva su nombre y los conflictos entre el condado de Castilla y el reino de León cuando el primero pugnaba por su independencia.
- Ciclo de los Infantes de Lara; Tratan de la época en que los castellanos se veían amenazados por las tropas árabes de Almanzor y los infantes resultaron muertos a manos de los moros en emboscada preparada por su tío Rodrigo Velásquez. Mudarra González hermanastro de los infantes e hijo de cristiano y mora vengará la traición dando muerte a Rodrigo Velásquez.
- Ciclo del Cid. Agrupa todos los romances que cantan las gestas y conquistas del héroe castellano. Presentan un Cid altivo y casi fanfarrón, muy alejado del Cid mesurado y prudente del Cantar e inventan episodios que poco tienen que ver con los históricos
- Fronterizos: algunos se identifican con los históricos pues muy bien podrían ser los fronterizos las composiciones romancísticas más antiguas entre las que se ocupan de hechos de la historia. Sin recurrir a gestas ni crónicas, se compusieron durante la Reconquista y abordan los sucesos bélicos acaecidos en la frontera entre cristianos y moros.
- Legendarios: son romances de temática no castellana, tratan de relatos del folclore europeo. Llegan a nuestra literatura a trabéis de la épica francesa, caso de romances del “ciclo carolingio”, basados en las leyendas de la corte de Carlomagno, y inspirados en las narraciones medievales sobre el rey Arturo y su mesa redonda, poemas del “ciclo bretón o artúrico”
- Moriscos: divididos en dos grupos o épocas por algunos autores. Los romances viejos que muestran una visión amable o positiva del mundo árabe. Los del segundo grupo son composiciones escritas más tardíamente en momentos de verdadera moda del exotismo de lo arábigo. Lope de Vega y Góngora, entre otros, crearían esos nuevos y caprichosos romances moriscos.
- Novelescos: a veces tienen su origen en asuntos conectados con los de romances históricos y legendarios pero tratados más imaginativamente; estas composiciones reciben el nombre de “caballerescas”. En ocasiones los romances novelescos se centran en temas bíblicos, mitológicos, pastoriles y piadosos.
- Líricos: incorporan materias y recursos de la canción lírica, sobre todo a finales de la edad media, o transforma y abrevian temas de los otros grupos
Por su estructura se pueden clasificar los romances, según Menéndez Pidal, en:
- Romance-cuento
- Romance-escena y
- Romance-diálogo.
Lo habitual es que la narración aparezca combinada con el diálogo. La diferencia entre romance-cuento y romance-escena está en que el primero presenta la historia completa (aunque solo se trate de un suceso), con nudo, desenlace y alusión a los antecedentes.
En el romance-escena la fragmentación es mucho más acusada y, como su nombre indica, sólo se presenta una escena, un momento, sin ningún tipo de introducción o desenlace.
Es raro encontrar romances-cuento entre los tradicionales, debido al proceso de selección que éstos han sufrido a lo largo de su mantenimiento en la tradición oral; por esto los romances-cuento suelen ser romances completados tardíamente. Así tenemos dos versiones del romance del prisionero, una larga (romance-cuento) y una más abreviada (romance-escena).
Los romances-diálogo son los que tienen un estilo enteramente dramático y están construidos solo con el diálogo. Un ejemplo sería el romance La dama y el pastor, en el que cada elemento del paisaje o de la descripción de los personajes, se nos revela a través del diálogo que ambos mantienen.
Mariano Lambea y Lola Josa han mostrado cómo el romancero nuevo fue sometido a un proceso de transformación por la mano de músicos especializados que creaban otros textos para ser cantados. Ello nos explica en muchos casos que las modificaciones en los textos no se deben al proceso de transmisión sino que eran transformados por los músicos. Pero para poder saberlo debemos conservar el texto poético de origen que va a sufrir la transformación (hipotexto) y el texto de llegada, poético-musical, ya transformado por la mano del músico (hipertexto). A este romancero musicado, cuyos textos han llegado a nosotros, se le ha llamado romancero lírico, cuyos testimonios conservados son poco numerosos.