Balada y romance

La «balada» y el «romance» son composiciones líricas breves de carácter narrativo que pertenecen a la tradición medieval oral europea. Grandes hispanistas como Ramón Menéndez Pidal o Alan David Deyermond, utilizan el término «romance» para referirse a la forma particular que adquiere la «balada» en la tradición hispánica.

Sin embargo, otro gran hispanista, William J. Entwistle, distingue ambos géneros en su libro European Balladry (1939). En este exhaustivo estudio sobre la balada medieval, su autor define en un primer término muy general a la balada como «cualquier poema narrativo tradicional corto cantado, con o sin acompañamiento o danza, en reuniones de la gente», y, a partir de esta definición tan amplia, llega a crear una clasificación que servirá como punto de partida a otros hispanistas para tratar de entender el fenómeno de la literatura oral medieval.

Entwistle clasificó, entonces, a la balada en tipos básicos, que se encuentran desarrollados en mayor o menor medida a lo largo y ancho de la Europa medieval: primero, las baladas históricas –«Surgen inmediatamente de los eventos que narran, [y] no más tarde a partir de la memoria de los vivos»– que tienden a quedarse en el ámbito de lo nacional; después están las baladas que dependen directamente de la tradición literaria que las precede –«El original puede ser un poema épico tradicional o un fragmento de las Eddas o una saga basada en el poema o tradición épica […] convenciones bien conocidas como la pastoral, la alborada, canciones de encuentro y desencuentro, leyendas fantásticas»y por último, las baladas de aventuras: «Relacionadas con algún acontecimiento interesante; como es una aventura […] hay innumerables baladas de amor: de encuentro, amor feliz, adversidad vencida, tristeza y separación, tragedia, prevención de la bigamia o incesto, reencuentro, adulterio, asesinato por amor, incesto, violación, fidelidad a prueba, el triste caso de la monja, robo de novias, la muerte. […] Hay baladas sobre los crímenes que parecen, popularmente, más aborrecibles: la crueldad de padres o suegras, el envenenamiento, el asesinato del esposo o la esposa, los peores de todos, el parenticidio y el infanticidio. […] Hay baladas que tratan de cautivos, sus desgracias y escapes».

Aunque la balada es una especie de género popular universal, William J. Entwistle reconoce que, en el caso de la balada hispánica, tiene lugar una transformación propia, directamente relacionada con el devenir literario e histórico de su entorno que la distinguirá de la inglesa o la francesa.

Visto desde una perspectiva historiográfica, el romance, en principio, es la balada española, como lo dice Ramón Menéndez Pidal en las conferencias dictadas sobre el Romancero español en la Universidad de Columbia: «Los romances son poemitas narrativos al modo de las baladas inglesas, escocesas o serbias, al modo de los cantos populares italianos o de cualquier otro país; pero sin embargo entre estos cantos o baladas y los romances hay una capital diferencia en cuanto a su origen, y por consiguiente también en cuanto a su composición y a su estilo. […] [L]os romances más viejos no habían nacido como baladas independientes, sino que eran solo fragmentos de largos poemas épicos, que se habían cantado en España durante la Edad Media».

Lo que distingue al romance español del resto de las otras baladas europeas es que, según Menéndez Pidal, su origen proviene de un género poético de mayor extensión: la epopeya. Se podría argumentar que la cualidad más llamativa del género es su desarrollo histórico, puesto que se observa la creación de diversos tipos de romances como resultado de su integración con la tradición literaria culta, tanto medieval como renacentista. Estos romances pasarían a formar parte del bagaje sociocultural hispánico, instituyéndose en formas culturales reconocibles –«fijaciones escritas ligadas al proceso de masificación de la cultura»– que de manera cíclica o circular, pasarían del ámbito popular al culto, para volver a formar parte de la esfera popular.

De acuerdo a Deyermond, la diversificación temática de los romances, así como la estandarización de la forma, son resultado de la popularidad de la que gozaban los mismos durante los siglos XIII a XV: «Resulta claro que la forma hoy reconocida como la propia del romance se impuso en una etapa bastante tardía (probablemente al volverse los romances objetos de interés para los poetas cultos de la corte de los Reyes Católicos)».

De ahí que, como forma literaria, al romance se le reconozcan dos etapas evolutivas, la primera se encuentra marcada por la oralidad –romances anónimos medievales transmitidos por juglares y que conformarán el llamado Romancero viejo– y la segunda, por la reproducción de su forma por la lírica culta, ya con intenciones no solamente trovadorescas sino literarias –como es el caso del romance en el teatro del Siglo de Oro–, que se puede encontrar a partir del siglo XVI en el Romancero nuevo.

Una de las diferencias fundamentales entre la balada y el romance será entonces la medida en que puede decirse que estos géneros líricos se adscriben a lo popular. Mientras la balada se mantiene apegada a sus raíces orales, el romance, en la tradición hispánica, se decanta por dos caminos: por un lado, continúa presente en el ámbito popular aún después de la publicación del Romancero viejo –prueba de ello es el amplio trabajo de recuperación hecho por Ramón Menéndez Pidal, Diego Catalán o Suzanne H. Petersen ya en el siglo XX– y, por el otro, se mueve por el camino de la letra escrita, de la mano de los autores cultos de los siglos XVI y XVII. Estos escritores adoptaron el estilo y escribieron sus propios romances nuevos –llamados también artísticos o artificiosos–, haciendo uso de sus recursos formales y enriqueciendo así la tradición romancística. Como explica Mariano de la Campa sobre estos romances: «Los textos incluidos en el corpus del Romancero nuevo se definen por su estilo, opuesto al de los otros tipos de romances existentes en la historia del género. Lo cierto es que todos ellos se ajustan a un lenguaje y una poética barroquizante, escritos por autores de la segunda mitad del siglo XVI y del siglo XVII […]. Todos son producto de la mano de autores cultos, y algunos llegaron con el paso del tiempo a tradicionalizarse».

Gracias al papel de los nuevos trovadores, los poetas cultos de las cortes renacentistas, a cuyo cargo está la elaboración de estos romances, los tipos y temas de los mismos se amplían. A la clasificación tradicional de estas composiciones populares –históricos, épicos-literarios y novelescos o de aventuras–, se agregan así los romances de corte sentimental, mitológico, bíblico o religioso; e incluso, dentro de los propios romances de tipo histórico podrán verse en el Romancero nuevo dos subgrupos que, según M. de la Campa, están bien diferenciados: «Se caracterizan por su estilo narrativo, noticioso y popular que despertaba el interés de un público ansioso por noticias nuevas, casos ejemplares y sucesos espantosos. Son romances largos, próximos a las relaciones de sucesos […]. Estos romances presentan un estilo que se aproxima más al lenguaje barroco en el siglo XVII, y según se acerca el siglo XVIII se van contagiando del lenguaje propio del romancero vulgar. Este subgénero noticiero […] volvió a poner de moda ciertos temas (relacionados con modelos de conducta) como la caída de validos, los testamentos de monarcas o los relativos a acontecimientos muy significativos relacionados con las monarquías (muerte de Felipe II, bodas de Felipe III, nacimiento de Felipe IV) […]. Y el otro grupo, formado por los romances de ciego sobre sucesos admirables o tremendos, que hoy llamamos romancero vulgar y que […] fueron ferozmente desprestigiados en el siglo XVIII como nocivos al pueblo, y en el XIX como signo de una sociedad degenerada».

Un ejemplo de pervivencia del romancero en la actualidad lo podemos encontrar en el corrido mexicano y, en especial, el narcocorrido. El primero respondería a la relación noticiosa de aquellos sucesos que resultan significativos para el pueblo, como explica Antonio Avita Hernández, en Corrido histórico mexicano. Voy a cantarles la historia (1997): los corridos narran «historias reales o ficticias basadas en sucesos que hieren la sensibilidad del pueblo», y, en el caso concreto del corrido mexicano, su génesis se encuentra en la Revolución mexicana. Por su parte el narcocorrido, variante del corrido que «desde hace cuatro décadas […] ha adoptado como tema central las condiciones de violencia que se viven en el país, tomando al narcotráfico como eje principal en sus temáticas», podría equipararse con el subgénero de los romances de ciego, tomando en cuenta que sus protagonistas y temas pertenecen al ámbito de la narcocultura, y suelen cantar sucesos tremendamente violentos.

 

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