Cronología del romancero
- La historia del romancero tiene que iniciar su cronología casi únicamente en los romances noticiosos, el gran medio de publicidad de su tiempo. Cuando los viejos cantares de gesta, cantados por juglares, servían para informar al pueblo sobre los grandes sucesos históricos del pasado, los romances comenzaron a noticiar los sucesos de actualidad más interesantes. Los primeros romances noticieros conservados tratan temas del siglo XIII y del primer tercio del XIV. Posteriormente darían paso a los romances fronterizos a lo largo del siglo siguiente.
- El modo de transmisión original de los romances hasta el siglo XV es oral. Estamos ante una tradición oral «folklórica», profunda, arraigada en los ritos y en el patrimonio identitario, cultural y social, que llega a las clases dirigentes y a sus aparatos de ocio, cultura, representación y propaganda, a través de los músicos de la corte.
- El primer romance recogido en un escrito, Gentil dona, gentil dona, data de la época de Alfonso el Magnánimo (1396-1458) y procede de la corte de Aragón, pues fue copiado por un mallorquín, estudiante en Bolonia, en fecha imprecisa pero posterior a 1421. Se trata de una versión del romance tradicional La dama y el pastor que se basa en un motivo folklórico cuya proximidad a los intereses de la corte puede radicar en su componente erótico y hasta libertino, así como en la burla del rústico que no sabe amar, motivo tradicional de la ideología aristocrática.
- Al Reino de Aragón también se vincula el primer romance trovadoresco Terrible duelo fazía (Cancionero de Lope de Stúñiga, códice del s. XV) del poeta Carvajal, que desarrolla el tema de la cárcel de amor aplicado a la separación de los amantes. Los demás romances de este período tienen carácter noticiero y usan el estilo tradicional. (Ver estudio de Vicenç Beltrán).
- El siglo XV pone de moda la impresión de Cancioneros cortesanos que, sin embargo, apenas incluyen romances entre sus páginas. Avanzado el siglo, son los impresores de pliegos sueltos, un tipo de impreso barato y de gran tirada, quienes se lanzan a publicar los romances que cantaba el pueblo y que ya entonces se llamaban «viejos» (Ver pliegos sueltos de Praga).
- Momento decisivo en la historia del romancero fue el de la incorporación material de los romances a los últimos cancioneros poéticos cortesanos de la Edad Media, en particular los siguientes: el Cancionero de Juan del Encina de 1496, el llamado Cancionero de Londres o de Rennert (ed. 1899), recopilado entre 1475 y 1500, el Cancionero general de Hernando del Castillo tomo I y tomo II (conjuntado entre 1490 y 1511, publicado en Valencia en 1511) y el Cancionero Musical de Palacio, reunido entre 1496 y 1520.
- Coinciden estos años dorados del género con el descubrimiento de América: el Romancero viaja a América en la memoria de los primeros conquistadores e impreso en pliegos sueltos, de enorme difusión en toda España y el Nuevo Mundo. Hasta tal punto el romance formaba parte del modo de pensar y de sentir de los españoles de la época, que estos aventureros llegaron a emplear versos de romances para expresar las múltiples e inefables experiencias que vivieron en el nuevo mundo. Bernal Díaz del Castillo ilustra este fenómeno cuando relata la llegada de Hernán Cortés a las costas mexicanas (1519). Según el cronista, Alonso Hernández Portocarrero dice a Cortés al divisar la tierra americana:
Cata Francia, Montesinos, cata París, la ciudad,
cata las aguas del Duero, do van a dar en la mar.A lo que el conquistador responde:
Denos Dios ventura en armas como al paladín Roldán.
- A mediados del siglo XVI, surge un exitoso proyecto editorial que culmina con los primeros corpora romanceriles con pretensiones de exhaustividad: Cancionero de Romances impreso en Amberes sin año, ed. Martin Nucio, Amberes, c. 1547 y la segunda edición aumentada hecha por el mismo Nucio y reimpresa por el librero de Medina del Campo, Guillermo de Miles, ambas en 1550.
- La popularidad de los romances impresos continua con las Silvas de Romances compìladas por Esteban de Nájera, Zaragoza, 1550-51: Primera Parte de la Silva de Varios Romances, Zaragoza, 1550; Segunda Parte de la Silva de Varios Romances, Zaragoza, 1550; Tercera Parte de la Silva de Varios Romances, Zaragoza, 1551. Las Silvas recogen los romances entonces ya tenidos por «viejos» (procedentes de las más variadas ramas del romancero primitivo: la épica nacional y la épica francesa, el noticierismo político y el fronterizo, la baladística pan-europea, etc.) los cuales aparecen ya revueltos con los romances «juglarescos» (sobre temas épico-nacionales, carolingios e histórico-novelescos), con los romances de los poetas «trovadorescos» (de temática e inspiración «cancioneril») e incluso con los primeros romances «eruditos» (de los rimadores de crónicas).
- Algunos impresores de Sevilla ven una gran oportunidad de continuar el proyecto editorial de Nucio en Amberes y aparecen dos libros de romances: Cuarenta Cantos de diversas y peregrinas historias de Alonso de Fuentes, Sevilla 1550 y Romances nuevamente sacados de historias antiguas de la Crónica de España de Lorenzo de Sepúlveda, Sevilla, 1551. Como punto de partida de este proceso, puede tomarse la publicación en 1541 por Florián de Ocampo de Las quatro partes enteras de la Crónica de España que mando componer el Sereníssimo rey don Alonso llamado el Sabio, Zamora, 1541.
- Las publicaciones de Fuentes y Sepúlveda se han tomado habitualmente (Diego Catalán) como el inicio del romancero «erudito», si bien esa distinción puede resultar artificiosa, ya que tanto Nucio en Amberes como Sepúlveda en Sevilla utilizaron los mismos métodos de trabajo para sus proyectos editoriales (Mario Garvin).
- El camino editorial abierto por Nucio continúa con nuevas recopilaciones, una falsamente atribuida a Sepúlveda, 1563 y otra de gran éxito: las Rosas de Romances de Timoneda: Rosa de Amores, Gentil, 1573; Rosa Española, Rosa Real, Valencia, 1573.
- Más tarde, a finales de siglo, el romancero «nuevo» (ajustado al lenguaje y estética del Barroco) logra vida autónoma en las colecciones impresas en 1587 de Gabriel Lasso de la Vega (Manojuelo de romances) y de Juan de la Cueva (Coro febeo de romances historiales) y en las Flores de Romances (1589-1597), que editores como Pedro de Moncayo y Pedro Flores publican en Madrid, Valencia, Lisboa, Burgos, Barcelona y Toledo. Estas colecciones incluyen, de vez en cuando, algunos ejemplos de romances «noticieros tardíos» e incluso de los primeros romances «de ciego» (sobre «sucesos» admirables o tremendos).
- El Romancero general de 1600, impreso en Madrid, da acogida a todo el plantel de esas Flores y la inicial autonomía del romancero «nuevo» no resistirá durante mucho tiempo las tendencias integradoras, que llevan a dar preferencia a las ordenaciones temáticas sobre las estilísticas. Entre ellas destaca la más reeditada de las colecciones de romances en España a lo largo de los siglos XVII y XVIII, que es la Historia del muy noble y valeroso caballero el Cid Ruy Diaz de Bivar, en romances en lenguaje antiguo, de Juan Escobar, 1605.
- Tras una enorme producción de romances por parte de artistas cultos, que al calor de la gran popularidad del romancero nuevo llenaron Cuadernos y Flores, los romances eruditos de mediados del XVI ya no son del gusto popular y otro tanto sucede con el romancero nuevo barroco, por más que sus autores fueran de la categoría de Lope de Vega y Góngora. De entre los subgéneros del romancero nuevo, el morisco es el más representativo de esta nueva manera de componer romances que se va imponiendo durante las últimas décadas del XVI.
- Los romances estaban tan presentes en la memoria de todos, que sus versos fluían a cada paso, en la conversación ordinaria, como elementos fraseológicos del idioma. Por ejemplo, para disculpar benévolamente las palabras del interlocutor, se decía:
Mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, no,
que aparece en Don Quijote (parte II) y es un verso de un romance del conde Fernán González y otro de Bernardo del Carpio. Sin embargo, según Menéndez Pidal, hacia 1640, los romances caen en desuso.
- Después del siglo XVII los escritores cultos pierden el interés por el romancero, aunque hay autores que con un revestimiento melifluo y falsamente pastoril, publican poemas en metro de romance. Circulan aún pliegos con composiciones de escasa calidad y se vulgarizan obras líricas y dramáticas de poetas famosos. El romancero vuelve a los cauces de la transmisión oral, apoyada a veces en apresuradas copias mal escritas.
- En este tiempo adverso, en que la totalidad del Romancero se ausentó casi completamente de la literatura y se refugió entre la gente menos letrada. el Romancero completa y afirma su inmensa difusión por todas las regiones peninsulares de lengua española, portuguesa, gallega y catalana: por las islas, desde las Baleares y Canarias hasta las Azores y Madeira; por Brasil y por toda América, desde Nuevo México hasta la Patagonia; por todas las comunidades judeo-hispanas, lo mismo en Marruecos que en la península Balcánica, en Asia Menor, en Siria y en Egipto. Y en todas estas regiones el Romancero vive aún hoy, mostrando una extensión geográfica que ninguna canción tradicional iguala ni ha igualado nunca.
- En el siglo XVIII se llega al extremo de crear textos facticios, en que se da acogida indistintamente a versos y escenas de los romances «viejos», procedentes de la tradición medieval, y de los romances cronísticos y «nuevos», debidos a los «ingenios» de mediados y fines del siglo XVI. Es la labor de Tortajada en Floresta de varios romances sacados de las historias antiguas de los hechos famosos de los doce pares de Francia, Madrid (ver artículo sobre cronología de la Floresta).
- El olvido en que la literatura y la erudición españolas dejaron caer al Romancero sólo se remedió por influjo del aprecio que otros países europeos empezaron a manifestar hacia los romances. A mediados del siglo XVIII, una positiva valorización del Romancero empezó en Reino Unido: Thomas Blackwell, estudiando la vida y obras de Homero, indicaba los romances moriscos españoles como muestras de verdadera poesía popular, y, enseguida, el obispo Percy, en sus Reliques (1765), comparaba las baladas con los romances y traducía dos de éstos; después los romances recibieron la apreciación de Walter Scott, de lord Byron, de Lockhart y Longfellow (1833). Siguió Alemania, donde Goethe, J. Grimm, Schlegel y Hegel escribieron elogios extraordinarios y trabajos eruditos sobre el Romancero. Después Francia, donde Creuzé de Lesser (1814) calificaba el Romancero, siguiendo las teorías wolfianas, como «una Ilíada sin Homero»; comparación afortunada que Víctor Hugo (1829) rehízo, hablando de, «una Iliada gótica y otra árabe», y que Viardot (1832) precisó, teniendo a los romances por rapsodias, a las que sólo había faltado un Pisístrato para formar con ellos una Iliada española.
- Esta gran corriente de rehabilitación iniciada en Inglaterra, hizo que España reaccionase contra las ideas del siglo XVIII y volviese a mirar el Romancero como digno de la mayor estima. La colección de Durán (1828-32) fue el comienzo de la reacción y Zorrilla y el Duque de Rivas (1841) escribieron muchos romances narrativos.
- En las primeras antologías modernas del siglo XIX, las de Agustín Durán (Madrid, 1828-1832) y de Eugenio de Ochoa (París, 1838), los criterios ordenatorios que prevalecen son los temáticos: romances moriscos, romances amatorios, romances caballerescos, romances de los doce Pares de Francia, romances de Amadís, romances de la historia nacional, etc., sin distinción de tiempos ni estilos.
- Jacob Grimm, en 1815, había comenzado a poner orden en este caos con la publicación de la Silva de romances viejos. Viena. Según Menéndez Pelayo «tuvo la gloria de establecer la verdadera teoría del metro épico castellano, inaugurando el período científico en el estudio de nuestros romances, y deslindando con maravillosa intuición lo que en ellos quedaba de radical y primitivo.» (Antología de poetas líricos castellanos).
- Durán publica su nuevo Romancero general exhaustivo de 1849-1851 introduciendo los principios cronológicos y estilísticos para categorizar los romances que publica.
- La publicación de romances iniciada en el siglo XVI iba acompañada de una peculiaridad: la mezcla de textos pertenecientes a distintos estilos. Esta confusión en los límites estilísticos de los diferentes tipos de romances no sólo se mantuvo por los impresores de los siglos XVI-XVII y los eruditos del siglo XVIII (Brackwell, Percy o Bowle), sino también por los estudiosos del siglo XIX.
- Habría que esperar a la aparición de la Primavera y flor de romances de Wolf y Hofmann (1856) para excluir todos los testimonios de romances no tradicionales. Esta recolección pone en cuestión la consideración global de las producciones en metro de «romance» y el estudio literario del «Romancero» más antiguo se libera de la copresencia de los romances llamados «artísticos», debidos a los poetas cancioneríles, eruditos o barrocos (de fines del siglo XV y principios del siglo XVI; de mediados del siglo XVI y de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII).
- Los criterios selectivos de Wolf son ampliamente divulgados por Menéndez Pelayo al dar acogida a la Primavera en su Antología de poetas líricos castellanos VIII y IX (Romances Viejos Castellanos Tomo I y Romances Viejos Castellanos Tomo II) (1899) y establecen, de forma casi definitiva, un nuevo concepto restringido de «Romancero» que aún hoy sigue presidiendo la mayor parte de los estudios y antologías del género. Menéndez Pelayo incluyó en su Antología un suplemento a la Primavera y flor: Romances Polulares (Antología de poetas líricos castellanos X) y un estudio crítico titulado Tratado de romances viejos: tomo I (Antología de poetas líricos castellanos XI) y tomo II (Antología de poetas líricos castellanos XII).
- Una aportación original de Menéndez Pelayo es la equiparación de los romances orales modernos con los «viejos», editados en el siglo XVI. El gran filólogo cántabro fue precursor en reunir romances de tradición oral de todas partes, separando en este terreno los «populares» de los «vulgares» y añadiéndoles notas eruditas sobre su procedencia. Además, introduce estos romances orales en la línea continua de la tradición que viene desde los supuestos orígenes: son también romances «viejos» como los recogidos en el siglo XVI, lo que será posición básica del neotradicionalismo pidalino.
- Desde entonces los romances llamados artísticos, artificiosos o nuevos fueron, en general, despreciados dentro de los estudios del romancero, y sólo los adjudicados a autores literarios conocidos (Lope, Góngora, Cervantes, Salinas o Liñán) fueron objeto de publicación y estudio. La mayoría de los poetas cultos escondieron su nombre en el anonimato.
- Con el paso del tiempo, algunos romances cultos llegaron a tradicionalizarse, proceso que también sucedió con algunos romances de ciego y vulgares.
- Entre 1856, en que se publica por primera vez la Primavera, y 1957, en que Menéndez Pidal inicia la publicación de su Romancero tradicional de las lenguas hispánicas (precedida de la aparición en 1953 de los dos volúmenes «teóricos» llamados Romancero hispánico) sucede algo trascendental: la creciente evidencia de que el Romancero seguía existiendo transmitido oralmente de memoria en memoria en todas las comunidades de habla española, portuguesa, catalana o sefardí.
- La noticia de que los romances seguían cantándοse por «el pueblo» la tuvieron, desde un principio, los estudiosos mismos del Romancero: ya en 1815, el propio Grimm esperaba poder reproducir en letra impresa algunos romances desconocidos oídos en la España de principios del siglo XIX por un curioso viajero. Pero, cuando esas «reliquias» de un género, que se consideraba la quintaesencia del espíritu de la Edad Media, empezaron efectivamente a ser recuperadas del pueblo que las conservaba, los descubridores y divulgadores de los hallazgos se apresuraron a devolver a aquellos restos arqueológicos sus prístinas cualidades, malamente deterioradas, a su parecer, por culpa de los «bárbaros» poseedores de tan estimables joyas.
- Los «pastiches» románticos de Almeida Garrett, Estácio da Veiga o Azeνedο en Portugal, los de Estébanez Calderón, Durán o Amador de los Ríos en Andalucía y Asturias, los de Agulló en Cataluña reemplazaron sistemáticamente, en las publicaciones del Romancero, a las transcripciones «de campo» de los romances oídos de boca de las criadas, los campοneses, los gitanos, los paisanines y los pageses depositarios de la tradición.
- El afán restaurador llegó al extremo de poder construir «pastiches», sin apoyο de un texto tradiciοnal oído, inventando poemas según «debiera» haberlos cantado el pueblo (es el caso de algunos de los romances «recobrados» pοr Murguía en Galicia, por Bethencourt en Canarias, por Vigón en Asturias, por Estácio da Veiga en el Algarve, etc.).
- A finales del siglo XIX, la difusión del concepto de «folklore», de una parte (ejemplos: Antonio Machado y Álvarez, «Demófilo», en Andalucía, Sergio Hernández en Extremadura, Costa en Aragón), y de los métodos de la «filología» románica, de otra (ejemplos: Milà en Cataluña, Leite de Vascοncelos en Portugal, Münthe en Asturias, Danon en las comunidades judeo-españolas), fueron imponiendo en las ediciones una mayor fidelidad a los textos oídos, si bien incluso algunο de los editores más respetuosos con la tradición conservada por el pueblo (como el propio Miià, inicialmente, o Juan Menéndez Pidal) siguieran creyendo necesaria una cierta «corrección» de los textos tomados de boca del pueblo.
- Pero, con todo, la aparición, junto al corpus consagrado del Romancero transmitido pοr vía escrita, de un nuevo corpus de textos procedentes de las más varias regiones y países del mundo de habla portuguesa, castellana, catalana o judeo-española, no pareció a los críticos de fines del siglo XIX razón suficiente para alterar su concepción del Romancero como literatura del pasado medieval. Basta, para verlo, la Antología de poetas líricos castellanos de Menéndez Pelayo, en que las primeras colecciones de romances transmitidos por vía oral hasta el siglo XIX se editan como complemento de la Primavera de Wοlf.
- Los progresos críticos de Menéndez Pidal (Conferencias en Nueva York, 1910) y la erudición bibliográfica de Rodríguez Moñino (Diccionario de pliegos sueltos poéticos, 1970 y 1997, Manual bibliográfico de Cancioneros y Romanceros, 1973, por sólo nombrar dos gigantescas aportaciones al campo del romancero, no supusieron una ruptura con la imagen del género que había establecido Wolf. El «Romancero» tal como fue definido por la antología de Wolf siguió constituyendo la base de los corpus romancísticos publicados durante el siglo XX.
- La historia del romancero desde mediados del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, recogida sucintamente en los anteriores párrafos, está detallada exhaustivamente en la obra de Diego Catalán El Archivo del Romancero. Patrimonio de la humanidad. Historia documentada de un siglo de historia (2001).
- En los años 1900 a 1920 Ramón Menéndez Pidal y María Goyri reúnen (inicialmente como una empresa familiar; más tarde apoyados por la Junta para Ampliaciόn de Estudios) una sensacional colección de textos romancísticos de la tradición oral moderna recogidos personalmente o a través de corresponsales y colaboradores. El conocimiento de esos miles de versiones modernas obliga a Menéndez Pídal a enfrentarse con los eruditos de archivo y defender la necesidad de una consideración integral del Romancero, en que el testimonio de las versiones modernas se sume al de los textos impresos en los siglos XVI y XVII y al de los textos, noticias y citas conservados en manuscritos antiguos (de los siglos XV a XVII); por otra parte, la tradición oral moderna, tan rica en variantes, le sirve de apoyo para entender y explicar el funcionamiento de la tradición antigua en sus aspectos creativos. Sin embargo, su formación e intereses científicos como filólogo romanista y medievalista le impiden, en cierto modo, llevar a sus últimas consecuencias su noción de la «tradicionalidad» de los textos transmitidos de memoria en memoria, ya que, de una forma u otra, sigue siempre considerando la tradición moderna como un testigo más de lo que fue el Romancero, como una prueba viva de la forma en que se creaba la poesía en la edad aédica. De ahí que, pese a sus extraordinarios conocimientos acerca del Romancero oral moderno y a la importancia que le concedió en sus estudios, no necesitara revisar en sus aspectos básicos el sistema valorativo y organizador de Wolf respecto al género.
- Para Diego Catalán, la importancia, cuantitativa y cualitativa, de los textos memorizados por sucesivas generaciones de transmisores de romances que han podido recogerse en los siglos XIX y XX ha convertido al «Romancero tradicional moderno» en un campo de estudio tan rico en cuestiones cοmο el «Romancero impreso de los siglos XVI y XVII». Los millares de versiones extraídas de la tradición oral moderna no son leídas ya solamente como reliquias de una literatura tardo-medieval o renacentista-conservadora preservadas en el congelador de las culturas rurales hispánicas o en los ghettos judeo-españoles, sino también como productos culturales actuales. El «Romancero tradicional moderno» no interesa sólo por la información que proporciona o pueda de él extraerse para entender mejor el Romancero de los siglos ΧV o XVI, sino en sí mismo, como realidad autónoma. El más amplio y exacto conocimiento de la tradición oral moderna, tan deseado por Menéndez Pidal, en lugar de favorecer la consideración integral del género tal como él la propugnaba o como la propugnan sus más fieles continuadores Armistead y Silverman, ha contribuído, en cierto modo, a abrir una brecha entre los testimonios modernos y antiguos de los poemas tradicionales. Las grabaciones o transcripciones de los actos de recitación o canto de un romance por un sujeto portador de tradición y los textos literarios publicados por las prensas del siglo XVI son demasiado incomparables para presentar a base de ellos la «diacronía» del Romancero. De modo similar a los editores no folkloristas y no filólogos, que en el siglo XIX comenzaron a «salvar» los romances de la tradición oral popular, los antiguos glosadores de romances y los músicos de los siglos XV y XVI, cuyas versiones nos conservan los cancioneros y pliegos sueltos, y, tras ellos, los impresores de cancioneros, silvas y rosas de romances, como Nucio, Nájera o Timoneda, utilizaron la tradición oral del siglo XV y del siglo XVI para incorporarla, por razones artísticas y comerciales, a los modos de producción cultural entonces dominantes. Frente a esos poemas manipulados por editores que los entendían y apreciaban desde fuera de la cultura tradicional, las versiones «documentadas» modernamente por filólogos, folkloristas y etnógrafos son transcripciones fieles de las manifestaciones efímeras y parciales de una obra literaria tradicional; pero, en cambio, no son propiamente poemas, pues el poema de que son manifestación sólo existe en la memoria colectiva y sólo es recuperable mediante el conocimiento de una pluralidad de los actos orales en que se hace perceptible. Los datos extraídos de los textos «publicados» en el siglo XVI y los que proporciona la investigacίόη moderna pueden ayudarnos a obtener una visión histórica de un romance; pero los textos no son cualitativamente homogéneos y, por lo tanto, realmente comparables. La autonomía de los textos modernos como objeto de estudio resulta también manifiesta por el hecho de que las categorías literarias establecidas para poner orden en el Romancero antiguo no sean válidas para los romances recogidos en los siglos XIX y XX. Romances impresos en el siglo XVI que debemos adscribir a corrientes literarias diversas, reaparecen hoy en la tradición igualados en un mismo lenguaje poético. Categorías tan imprescindibles en una consideración literaria de los textos antiguos como las de «romance viejo», «romance juglaresco», «romance trovadoresco», «romance erudito», carecen de vigencia en la tradición oral moderna (Diego Catalán, Arte Poética del romancero oral, parte 2ª).
- En 1957 Ramón Menéndez Pidal y su escuela comienzan la publicación del Romancero tradicional de las lenguas hispánicas (RTLH) con la aparición del Tomo I: Romanceros del Rey Rodrigo y de Bernardo del Carpio. El objetivo era y sigue siendo la publicación de los ingentes materiales reunidos por Ramón Menéndez Pidal y su mujer, María Goyri, durante cincuenta y ocho años de sostenida actividad. Hasta 1985 se publicaron doce volúmenes y en los últimos años se trabaja en la edición de ocho más (ver catálogo en la Fundación Ramón Menéndez Pidal).
- Mención especial merece la labor de Antonio Rodríguez Moñino y su recopilación de Las fuentes del Romancero General, en doce tomos, con notas, índices y suplementos, publicación de la Real Academia Española en 1957. Un año después, y como autoridad en pliegos sueltos y bibliografía, editó un facsímil con introducción, bibliografía e índices del Cancionero general de Hernando del Castillo. También compuso un Manual bibliográfico de Cancioneros y Romanceros impresos durante el siglo XVII y un Diccionario de pliegos sueltos. Siglo XVI (1970).
- Desde 1971 a 2017 se han celebrado cinco Congresos Internacionales sobre el Romancero auspiciados por la Fundación Ramón Menéndez Pidal: (I) 1971 Madrid, (II) 1977 Davis, California, (III) 1982 Madrid, (IV) 1987 Sevilla-Puerto de Santa María-Cádiz y (V) 2017 Coimbra.
- En América, desde 1967, un grupo de intelectuales mejicanos, ante la necesidad de preservar los valores de la Hispanidad, decidieron formar una asociación civil denominada Frente de Afirmación Hispanista dedicada a la labor editorial teniendo como su principal exponente a la Revista NORTE. Las publicaciones del Frente de Afirmación Hispanista de Mexico relacionadas con el romancero son valiosas aportaciones llevadas a cabo por investigadores como Vicenç Beltran, Mario Garvin y Alejandro Higashi.
- Desde finales del siglo XX y primeros años del siglo XXI, la Fundación Ramón Menéndez Pidal continua su labor con las publicaciones del RTLH y el Archivo digital del romancero, junto con la publicación de numerosos artículos y la revista Amenábar.
- El romancero, que tuvo su origen en la Edad Media, alcanzó su mayor esplendor en los Siglos de Oro y ha ido decayendo hasta casi desaparecer en la actualidad de la tradición oral. ha visto como, desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX, nuevos géneros épico-líricos han surgido como continuadores del romancero español. Estos nuevos géneros han surgido en Hispanoamérica, entre otros, el corrido mexicano, la habanera y el bolero, el tango argentino, el vallenato colombiano, la décima popular y últimamente los narcocorridos (ver artículo de Maximiano Trapero, 2017).