Introducción
Siguiendo a Ramón Menéndez Pidal, los cantares de gesta cantados por juglares en fiestas y aprendidos por el pueblo para luego cantarlos en sus actividades diarias, dieron lugar a una tradición cultural que ha llegado hasta nuestros días: el romancero hispánico.
La popularidad de los romances de tradición oral antigua hizo que los juglares elaboraran nuevos cantares al gusto popular, dando lugar a una gran proliferación de romances que por ello se denominaron juglarescos.
La creciente actividad de los juglares recibió un fuerte impulso con la hispanización de la épica carolingia. De suma importancia para el traslado de la épica francesa a tierras españolas fueron las peregrinaciones al santuario del Apóstol Santiago, que vieron su época de oro en la primera mitad del siglo XII. Los relatos sobre las hazañas de los héroes de la cristiandad francesa, tan apreciados allende el Pirineo, entretenían y acompañaban a peregrinos procedentes de Francia, de otros países de la Europa cristiana y de diversas partes de España, en su recorrido por el camino de Santiago, bordeado de santuarios regidos por clérigos franceses y de burgos colonizados por francos. El establecimiento de franceses en tierras españolas había sido impulsado por Alfonso I, el Batallador (1073?-1134) en reconocimiento a su apoyo en la reconquista de la cuenca del Ebro, lo que había traído consigo una estrecha relación de esa zona con el sur de Francia.
La ruta de Santiago aseguró la presencia de una influyente minoría franca en el norte de España y, con ella, la memoria de sus chansons de gestes que no tardaron en ser traducidas, adaptadas y difundidas por toda España, dando lugar a una rica tradición romancística española.
Con la incorporación de los cantos épicos franceses al acervo cultural de los españoles, efectivamente se alteraron “los hechos, los nombres, las cosas y la fisonomía misma” de esos poemas, como señalaba Léon Gautier en su obra Les épopées françaises. Études sur les origines et l’histoire de la littérature nationale, pero gracias a ello adquirieron algo que no hubieran podido adquirir en su forma original: una vida multisecular.
Los historiadores de mediados y finales del s. XIII tuvieron sin embargo una opinión negativa sobre un género que abarcaba una pluralidad de obras sobre tema épico histórico («de gesta»), en lengua vulgar («romances»), debidas a poetas vulgares profesionales («juglares») dignos de poco crédito, que las presentaban oralmente («fablas») con apoyatura musical («cantares»).
Frente a la valoración negativa de los hombres sabios del s. XIII, sabemos que la popularidad de juglares y cedreros (cantantes que usaban la cedra, un instrumento derivado de la cítara) fue en aumento entre todas las clases sociales, lo que llevó rápidamente a que los romances fueran utilizados como vehículos de comunicación y propaganda ante todo tipo de auditorios.
Estos poemas de carácter épico-lírico fueron después ampliamente imitados en romances vulgares y de ciego a lo largo de los siglos XIII, XIV y XV.
El impulso de la imprenta, a través de los pliegos sueltos, contribuyó a la creciente popularidad de los romances a lo largo del siglo XVI. A mediados de siglo, la recopilación de romances en cancioneros y romanceros era un gran negocio para impresores y libreros, y su éxito hizo que los escritores de la época se lanzaran a escribir romances eruditos y artísticos que comenzaron a denominarse romances nuevos. La proliferación de romanceros prosiguió durante los primeros años del siglo XVII para decaer posteriormente hasta su recuperación en el siglo XIX por el romanticismo europeo. Sin embargo, el olvido en que la literatura y la erudición españolas dejaron caer al Romancero, se vio compensado por el hecho de que los romances habían permanecido vivos en la tradición oral.
En conclusión, desde el siglo XVII hasta nuestros días, la tradición oral moderna se ha alimentado de todas las fuentes romancísticas mencionadas y ha conservado los romances que ahora tratamos de preservar como uno de los mayores valores culturales de los pueblos de habla hispana.
Para entender por qué España es el país del Romancero es imprescindible leer el primer capítulo de Flor nueva de romances viejos, de Ramón Menéndez Pidal (1938):
El Romancero, en fin, por su tradicionalismo, por la cantidad de vida histórica que representa y por la multitud de reflejos estéticos y morales, es quintaesencia de características españolas.