IGR: 1537. Versión: 6. Rima: á-a. Hemistiquios 54.
España
Por el rastro de la sangre que Durandarte dexava
caminava Montesinos por un áspera montaña,
y a la hora que camina aun no era bien de mañana,
las campanas de París tocan la seña del alva.
Como viene de la guerra trae las armas destrocadas,
sólo en la mano derecha lleva un pedaço de lança,
de hacia la parte del cuento que el hierro allá se dexava
en el cuerpo de Albençaíde, un moro de mucha fama.
Lleva la asta el francés porque le sirva de vara
para hazer andar la yegua que la llevava cansada.
Y como vido la yerva de tanta sangre manchada,
saltos le da el coraçon y sospechas le da el alma
si la ha derramado alguno de los amigos de Francia.
Confuso en esta sospecha, camina hacia una haya,
vido estar un cavallero que parece que le llama.
No le conoce el francés por mucho que lo mirava,
porque le dan en los ojos las cintas de la zelada.
Arrojóse de la yegua y desarmóle la cara,
conoció al primo que quiso en la vida más que al alma.
Fue a tenerle compañía en las últimas palabras:
el herido habla al sano, y el sano al herido abraca;
por no hablalle llorando detiene un poco la habla.
Quanto más detiene el llanto la congoxa le apretava;
con las ansias de la muerte Durandarte le rogava
que le encomiende a Belerma, aquella que el tanto amava,
y le lleve el coraçon sacado de sus entrañas,
que era la joya que en vida le diera la mas preciada.