Por el rastro de la sangre que Durandarte dejaba v2

IGR: 1537. Versión: 2. Rima: á-a. Hemistiquios 55.

Puerto de Santa María (ay. Puerto de Santa María, p.j. Puerto de Santa María, Cádiz, auton. gitano bajoandaluz, España)

Las campanas de París    están tocando a alba.
Entró el noble Montesinos,    entró de noche en la batalla,
cortando piernas y brazos,    y a muchos que derribaba.
Mucho le ayuda la yegua,    porque la tiene enseñada.
Llegó al pesque de Roldán,    ese señor de hazaña,
a ese que suena entre ellos,    que de Montalván le llaman.
Cuando vio un perro moro    que de todos se adelanta;
tenía el perro un alfange    teñido en sangre cristiana.
Se fue el uno para el otro,    grandes encuentros se daban.
Aquí quedó Montesinos,    ni espá, escudo ni lanza,
sino con una varita    
para arrear su yegua,    que la tiene muy cansada,
y por reguero de la sangre    Montesinos se guiaba.
Él ha escuchado una voz,    parece que lo llamaban:
Primo, primo Montesinos,    mal nos fue en esta batalla,
aquí murió Oliveros,    marido de doña Leonarda;
en ella ha muerto Rondán,    escuadrillero de una escuadra;
yo estoy herido de muerte,    que me duele hasta el alma.
Asín que me veas muerto,    muerto, que no tenga habla,
por este lado siniestro,    con esta pequeña daga
me sacas el corazón    y se lo entregas a mi dama,
y me das sepultura    al pie de ese árbol de haya.
Asín que lo vio muerto,    muerto, que no tenía habla,
por aquel lado ensiniestro    y con aquella pequeña daga
le sacó el corazón,    n`un pañuelo lo liaba;
le dio sepultura    al pie del árbol de haya.
Corazón del más valiente    que el rey tenía en España,
afortunado en amores    y desgraciado en batalla.

Bibliografía:
Recitada por Juan José Niño (57a). Recogida en Sevilla por Manuel Manrique de Lara, 1916. (Archivo: AMP; Colec.: Manrique de Lara, M.). Publicada en IGR-vulgar 1999, p. 18. Advertencia: nuevo número IGRH.