Pobre falsamente acusado de asesinato v1

IGR: 4012. Versión: 1. Rima: á-a. Hemistiquios 115.

Quintanilla (ay. Soto y Amio, p.j. León, ant. Murias de Paredes, comc. Luna, León, España)

En el pueblo de Altazona    y en el reino de Navarra
habitaba un matrimonio    como el sacramento manda.
Era Antonio y María    los que Dios más dotaba,
que entre hembras y varones    sus hijos trece llegaban.
Su padre era un jornalero,    la casa siempre atrasada;
cuando no tiene jornal,    con su familia marchaba
a pedir una limosna    con necesidá extremada.
¿Dónde fue a parar el pobre?    A la ciudad de Tafalla.
Era en casa`un caballero    de riqueza moderada.
Éste se tiene por vicio,    de los pobres se burlaba.
Le echó dos perros de presa    para que los maltratara,
y le apresaron un niño,    que daba dolor y ansia.
¿Hiciera un padre por un hijo?,    ligeramante se agacha,
cogía una fuerte piedra    y aquel perro asesinaba.
El rico, fortalecido,    ver que su perro maltrata,
llevado de los demonios    dos pistolas agarraba
para quitarles la vida,    pero la suerte les salva.
Llegaron allí dos hombres    a ver aquella desgracia;
luego los dejó tendidos    sin decir Jesús me valga.
El rico, de que culpado,    ligeramente se marcha,
a dar cuenta a la justicia    de las muertes que se hallaban.
El pobre los ha matado,    prendedle luego sin falta,
que me querían robar    y a mis perros asesinaba.
Ahí van a fuerza de dinero,    abreviáile la sumaria,
para que pague bien pronto    muertes que están declaradas.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .    de sentencia le daban;
lo que vino en la sentencia:    con un garrote pagara.
El día veinte de enero,    como la sentencia estaba,
mandan concurrir las gentes    a la ciudad de Tafalla.
El tablero ya está puesto,    las escorchas preparadas,
el tablero ya está puesto    donde el reo se sentaba.
Debajo del tablerillo    sus hijos se le acercaban,
llorando a lágrima viva    por el padre de su alma.
¡Hijos de mi corazón,    queridos de mis entrañas!.
Que mirasen por su madre    es lo que más le encargaba.
Su madre, una Madalena,    llorosa y desmelenada;
sus ojos eran dos fuentes    que el duro suelo regaban.
Debajo del tablerillo    sus hijos más se acercaban,
llorando a lágrima viva    por el padre de su alma.
Hijos de mi corazón,    queridos de mis entrañas,
ya quedáis sin vuestro padre,    que a la eternidad se marcha.
Al decir «su único hijo»,    el tornillo se quebranta.
Bajaba una voz del cielo    muy temerosa y muy alta:
Cesa esas manos, verdugo,    deja esa inocente alma,
que quien ha hecho las muertes    es don Francisco de Granda,
ya está ardiendo en los infiernos,    la riqueza le acompaña.
Fuéronse a ver si era cierto    lo que la voz declaraba.
Ya lo vieron asomar    la cabeza en la ventana;
por boca, ojos, narices    ya está friendo en vivas llamas,
y por mandado de Dios    estas palabras hablaba:
Yo soy el reo causante    de las muertes que se hallan,
los pobres que yo eché a los perros    y con ellos maltrataba,
ahora son los demonios,    eternamente me acompañan.
Estando en estas y otras,    dio un estampido la casa.
Se presentó una marquesa    y a los pobres les llamaba
y les daba de comer    de lo que tiene en su casa;
a los pobres dos mil reales    que por el pueblo sacaba.
Se fueron para la iglesia    cantando las alabanzas.

Bibliografía:
Recitada por Salomé la Fuente la Fuente (75a). Recogida por Ana Beltrán, Francisco Mendoza Díaz-Maroto, Suzanne Petersen y Maximiano Trapero, 1981. (Archivo: ASOR; Colec.: Encuesta NORTE 81; cinta: 6.5-7.2/B6). Publicada en IGR-vulgar 1999, pp. 337-338.