IGR: 0020. Versión: 3. Rima: í-a. Hemistiquios 62.
Guímara (ay. Peranzanes, p.j. Ponferrada, ant. Villafranca del Bierzo, comc. Fornela, León, España)
Cuando me parió mi madre, me parió en alta montina,
donde cae la nieve a copos, agua menudita y fría,
donde canta la culebra, la serpiente respondía.
Allí había un ermitaño que él hacía santa vida:
Confiéseme, el ermitaño, confiéseme, por su vida.
Diga, diga, el ermitaño, dígamelo, por su vida:
el que tiene que ver con mujeres, si tiene el alma perdida.
Él perdida no la tiene, si no es con hermana o prima.
¡Ay de mí, triste y cuetado,
de la prima tengo un niño y de la hermana una niña!;
confiéseme, el ermitaño, confiéseme, por su vida,
y déme la penitencia a sigún la merecía.
Confesar, confesaréte, pero yo no te ausolvía.
Estando en estas razones, bajara una voz de arriba:
Confiéselo, el ermitaño, confiéselo, por su vida,
y déle la penitencia a sigún la merecía.
Le metió en un calabozo con una serpiente viva;
la serpiente es muy feroz, siete cabezas tenía,
y la más pequeña de ellas era el que más le comía.
L`ermitaño, compasivo, tres veces lo ve al día:
una va por la mañana, otra iba al mediodía,
otra va a la medianoche, cuando la gente dormía:
¿Cómo te va, el penitente, con tan buena compañía?
A mí me va bien, señor, mejor que yo merecía,
que de medio cuerpo abajo ya comido me tenía
y de medio cuerpo arriba luego me principiaría;
si me quiere ver la muerte, traiga una vela encendida.
Aprisa llegó el ermitaño, el penitente ya morira.
Las campanas de aquel pueblo de par en par se tañían
por el alma del penitente, que para el cielo camina.
¡Válgame Nuestra Señora, válgame Santa María!