IGR: 0646.0. Versión: 1. Rima: é-o. Hemistiquios 147.
Tetuán (Marruecos)
En la ciudad más alegre que calienta con sus reflejos
de ese farol luminante que se atechonan los cielos,
cuyas alfombras de estrellas que adornan el firmamento;
en fin, en esta ciudad que yo mencionada dejo,
nació un bizarro mancebo,
muy galán y muy cortés que se llamaba don Pedro.
Namoróse de una tal, que era la hija de Venus,
un portante de hermosura y de palabra un bosquejo.
Y domingo por la tarde aguardó lugar y tiempo
y, a la puerta del jardín, estando tomando el fresco,
viendo venir a don Pedro,
le hizo una cortesía, llegó y se quitó el sombrero.
¡Oh, qué dichosos han sido mis ojos en este tiempo,
pues que han llegado a mirar a tal pelegrino objeto!
¡Oh, si mereciera, señora, el ser su querido dueño,
no hubiera cosa en el mundo para mí de mayor precio!
Lleguéis, señor, a mi padre, y pedidme en casamiento
con la respuesta que os diera, luego después nos veremos.
Has de saber, caballero,
que mi querido padre tiene su interés verso
de meterme a religiosa, pero yo ser monja no quiero.
Con la respuesta que os diere, mañana ya nos veremos.
Toda la tarde pasaron con finezas y requiebros,
y, así que cayó la noche, alegres se despidieron
y fue don Pedro a su casa regocijado y contento.
Así que amaneció el día, con gran cuidado y anhelo
fue don Pedro a vizitar a la casa de su suegro.
Llegó picando a la puerta, sale a abrirle el escudero,
le preguntó por su amo: Si está su merced en casa,
que aquí está puesto a sus pies el señor don Pedro Azedo,
a hablarle cuatro palabras que traigo de mucho empeño.
Fue el paje y subió el recado a su muy querido dueño.
Dígale a ese caballero que estoy dispuesto a hablarle.
Le recibió en una sala y con muchos cumplimientos
y, hablando de este suceso, le dize el anciano viejo:
Has de saber, caballero, que tengo mi intento inverso
de meterla a religiosa, pero no sé sus intentos.
Aquí, en presencia de todos, será bien que la llamemos
para que en mí no dudéis, ni me pongáis nunca duelo.
Y llamó el anciano viejo a su hija muy querida,
la cual acudió al momento,
más blanca que una azuzena, y más hermosa que Venus.
Entró la joven, miró a su muy querido dueño,
disimuló cuanto pudo y dize el anciano viejo:
Has de saber, hija mía, que este noble caballero
te ha pedido por esposa; sólo tu respuesta espero.
Y respondió la niña con un semblante halagüeño:
Si es cosa que conviene, yo estimo mucho a don Pedro.
Y en aquella misma sala se dieron palabra y mano,
y otro día de mañana don Pedro se fue a la plaza
por distraer pensamiento
y vio que abordaba al puerto un barquito prisionero
que traían de corsario cuatro turcos argelinos.
Preguntó al que lo gobernaba que si quería venderlo,
se ajustó por cien ducados y se lo compró al manzebo;
lo agarrara por la mano y lo llevó en casa del suegro
y le dize: –Amada prenda, aquí te ha hecho un empleo,
que te he comprado un esclavo que te sirva de escudero;
mira que lo trates bien, que es hombre de grande estado.
Y un día, estando don Pedro con su novia en el jardín
y estas palabras oía:
Ay, Zaida del alma mía, quién pudiera ser correo
para llevarte las nuevas del paraje en que me veo;
siendo prínzipe de Árgel y mayor de todo el reino.
Don Pedro, que atento escucha, luego se metió pa dentro.
Mira, esclavo, lo que dizes, y lo que yo estoy oyendo.
Si me juras por Alá darte yo he la libertad
y volverte he a tu reino.
Yo te juro por Alá y por el dios de los moros
que soy prínzipe en Árgel y mayor de todo el reino.
Estando anoche pescando me cogieron prisionero;
en prueba, señor Pedro, te enseño mi anillo con el sello de mi padre.
Darte he desde hoy la libertad y te devuelvo a tu reino;
ten presente y no te olvides que soy tu libertario.
Sacó un collar de perlas que de su espoza tenía.
Aquí se lo regalo a la hermoza de Venus.
Y alegre se despidieron don Pedro del rey de Francia.