Marqués de Mantua v2

IGR: 0088. Versión: 2. Rima: á. Hemistiquios 1139.

Tetuán (Marruecos)

De Mantua salió el marqués    Danés Urgel el leal
a divertirse en la caza    por las orillas del mar.
Con él van sus caballeros    para hacerse acompañar
y también van sus monteros    con perros para cazar.
El tiempo era caluroso    y, por refresco tomar,
alrededor de una fuente    a todos mandó a sentar.
Luego que hubieron comido    comenzaron a tratar
el modo cómo la caza    la iban a gobernar.
Al pie estaba de una breña    que junto a la fuente está
oyendo un grato ruido    entre las ramas sonar.
Todos se estuvieron quieto    por ver qué cosa será
y por las espesas matas    vieron un siervo asomar.
Los monteros, con gran prisa,    los perros van a soltar;
el siervo, que lo sentía,    al monte se volvió a entrar.
Caballeros y monteros    comienzan a cabalgar,
cada cual iba corriendo    sin uno al otro aguardar.
Apartóse uno de otros    sin al marqués esperar.
El bosque era muy espeso,    todos perdidos se han;
el sol se iba a poner,    la noche empieza a cerrar,
el noble marqués de Mantua    solo se iba a quedar
en un bosque muy espeso    que no sabe dónde está.
El marqués, que así se vio,    su voz fina fue a sacar;
sus monteros están lejos,    no le pueden escuchar;
tan cansado va el caballo    que no puede caminar.
El marqués, muy enojado,    la rienda le fue a soltar
para que el caballo siga    por donde quisiere andar.
Siguió el caballo el camino,    entróse por un pinar.
Del pinar se pasa a un valle,    y yendo, por él a entrar,
oyó unos tristes gemidos    que anunciaban gran pesar.
De esto se turbó el marqués,    todo espeluznado está;
mas, aunque no era joven,    con un esfuerzo natural
hacia la voz se encamina    a la que oyó pronunciar:
Oh Virgen Santa María,    no me querías olvidar,
a ti encomiendo mi alma,    acógela por piedad;
a tu precioso hijo    por mis plegantes rogar
que perdone mis pecados    y quiera mi alma salvar.
Cuando esto el marqués oyó    la espada fue a empuñar,
apartóse del camino    y comenzó a trepar
hazia donde la voz zuena    por el monte se fue a entrar.
La vereda por donde iba    regada de sangre está,
y al pie de unos altos robles    vio a un caballero estar
tendido en el duro suelo    sin dejarse de quejar.
Las lástimas que decía    son digna de relatar:
¿Dónde estoy, esposa mía,    que no te duele mi mal?
de mis heridas pequeñas    compasión solías tomar
y ahora de las mortales    no tienes ningún pesar.
No te doy culpa, señora,    pues yo me busqué mi mal.
Esposa del alma mía,    no tienes más que esperar;
hasta el día del juicio    ya no nos veremos más.
Si viviendo me quisistis,    consejos me solías dar,
y ahora, en mi agonía    aun no me puedes hablar.
Oh mi primo, Montesino,    oh leal infante Morián,
ya no esperéis más en verme    pues non me puedes hayar.
Oh, esforzado don Reinale,    oh, paladín don Rondal,
oh, marqués don Oliveros,    oh, gran duque del Milán,
oh, emperador Carlos Magno,    mi buen señor natural,
si tú supieras mi muerte    cómo la harías vengar.
Aunque me mató tu hijo    justicia habías de dar,
pues me mató a traición    viniéndole a acompañar.
Oh, príncipe don Carloto,    ¿qué ira tan infernal
te movió sobre tal caso    a quererme así matar
rogándome que viniera    contigo a este lugar?
No me pesa de morir    porque es cosa natural,
más sí morí como muero    sin merecer algún mal,
en paraje donde nunca    mi triste muerte sabrán.
Oh, alto Dios poderoso    de justicia y de verdad,
de esta ánima que te adora    quieras darme piedad.
Oh, triste reina, mi madre,    Dios te quiera aconsolar,
que ya quebraste el espejo    donde te solías mirar
y nunca querías darle    a arrecibir algún pesar.
En las justas y torneos    consejos me solías dar
y ahora, en mi agonía    aún no me puedes hablar.
Oh, noble marqués de Mantua,    mi señor tío carnal
¿dónde estáis, que no me oyís    mi doloroso quejar?
Hicísteme tu heredero    por vuestro estado heredar,
mas vos lo habéis de ser mío    aunque soy de más edad.
Oh, mundo desventurado,    nadie en ti debe fiar,
que al que más subido tienes    mayor caída haces dar.
Estas palabras diciendo    non cesa de suspirar.
Turbado estaba el marqués    no pudo más escuchar
y llegándose más cerca    de esta suerte le empezó a hablar:
Decidme, señor quién sois    y de qué es vuestro penar,
que si yo remediar os puedo,    yo os prometo ayudar.
No dudéis, buen caballero,    de decirme la verdad.
Vuelto en sí Valdovino    esta respuesta le da:
Muchas mercedes, señor,    por la buena voluntad;
pero mi mal es de muerte    y no se puede remediar.
Veintidós heridas tengo,    que cada una es mortal;
el mayor dolor que tengo    es el morir en este lugar
y quien me ha muerto a traición    sin haber hecho algún mal.
Por lo que me habéis preguntado    señor, a vuestra majestad,
mi nombre es Valdovinos    que el Franco suelen llamar.
Hijo soy del rey de Dazia,    soy hijo suyo carnal;
la reina doña Herminia    es mi madre natural;
el noble marqués de Mantua    es mi buen tío carnal;
la linda infanta Sevilla    es mi esposa sin dudar.
Me ha herido don Carioto    a traición y crueldad
porque requirió de amores    a mi esposa con maldad.
Ella non le prestó oídos    y en mí se quiso vengar,
pensando que por mi muerte    con ella se ha de casar,
y así me ha herido a traición,    con perfidia, con maldad,
porque él me rogó en París    que le viniera a acompañar
a dar fin a una aventura    en que se quiere probar.
Quien fueseis, buen caballero,    las nuevas querías llevar
de mi desastroza muerte    a París, recia ciudad;
y si a París no fuereis,    a Mantua la iris a dar,
que el trabajo que tomaréis    bien os lo agradecerá.
Cuando esto oyó el marqués    e comenzó a desmayar;
cayó como muerto en tierra    sin poderse menear;
mas al cabo de un gran rato    que se pudo levantar,
se ha llegado a Valdovino    y comenzóle a desbrochar.
Le encontró bañado en sangre    y el color muy mortal.
Con un paño que traía    la cara le fue a limpiar.
Cuando le hubo limpiado    reconoció la verdad;
en la boca le besaba,    no cesaba de llorar.
Las palabras que le dice    dolor causa de contar:
Oh, sobrino Valdovino,    mi buen sobrino carnal,
¿quién os trató de tal suerte?    ¿quién os trajo a este lugar?
¿quién es que a vos mató,    que a mí vivo fue a dejar?,
que mejor dada era mi muerte    que la vuestra a tal edad.
¿No me conoces, sobrino?    Por Dios, queráisme hablar;
yo soy el triste marqués    que tío solías llamar;
yo soy el marqués de Mantua    que debiera aquí quedar
llorando vuestra desgracia    y con la vida acabar.
Oh, desventurado viejo,    ¿quién te podrá aconsolar?
yo las muertes de mis hijos    con vos las solía olvidar
y ahora, mi buen sobrino,    de nuevo tendré que llorar.
A vos por hijo adopté    para mi estado heredar
y ahora, por mi desdicha    vos he de ver enterrar.
Ven, muerte, cuando quieras,    no te quieras más tardar;
pero al que menos te teme    le huyes por más penar.
¿Quién ha de llevar las nuevas    amargas de tal pesar?
A la triste de su madre    ¿quién la podrá consolar?
Estas palabras y otras    non cesaba de exclamar,
llorando con amargura    sin poderse menear.
Esforzóse Valdovinos    y a su tío empezó a hablar:
No lloréis, mi señor tío,    por Dios el llanto enjugar,
que me dais dobladas angustias    y el alma me hacéis penar.
Mas lo que yo os encomiendo    es por mí queráis rogar
y no me desamparéis    en este triste lugar.
Os encomiendo mi madre    que la queráis consolar,
que bien creo que mi muerte    su vida habrá de acabar.
No os olvidéis de mi esposa,    modelo de lealtad,
que el mayor dolor que tengo    es el no poderla hablar.
Estando en estas palabras    vio al escudero llegar
y a un ermitaño con él    que en un bosque fue a buscar,
hombre de muy santa vida    del orden sacerdotal.
Cuando llegó el ermitaño    ya estaba para expirar.
Esforzóse Valdovino,    comenzase a amonestar
que dejando a que este mundo    de Dios se quiere acordar.
Se apartó a un lado el marqués    porque se pueda confesar
y fue tan grande su pena    que un gran desmayo le da.
Confesóse Valdovino    a toda su voluntad;
estando en su confesión    que ya iba a acabar,
las angustias de la muerte    la comenzaron a aquejar,
y del dolor que tenía    un gran suspiro fue a dar.
Llamó a su tío el marqués    y comenzóle así a hablar:
Adiós, adiós, mi buen tío,    quedaos, con Dios quedad;
que yo me voy de este mundo    para mi cuenta a Dios dar.
Lo que os tengo encomendado    no lo queráis olvidar.
Al punto perdió el sentido    y no volvió más a hablar;
recordó luego el marqués    y a él se fuera a llegar.
Muchas veces le bendice    no dejando de llorar.
Absolvió el ermitaño    y él acabó de expirar;
el marqués, al verlo muerto,    casi sin sentido está;
mas, al fin, como es discreto,    consejo quiere tomar
del ermitaño, y le dice:    Yo espero de tu piedad
me digas en qué paraje,    en qué tierra, o en qué lugar
nos hallamos, para ver    qué camino he de tomar.
E ermitaño responde    con una grande humildad:
Habéis de saber, señor,    que esa tierra sin poblar
otro tiempo fue poblada;    despoblóse por gran mal,
por batallas muy crueles    que hubo en la cristiandad.
A ésta la llama Floresta    sin ventura y de pesar,
porque nunca caballero    en ella aconteció entrar
que no saliese con daño    o desastre singular.
Hasta Mantua hay ocho millas,    ni población ni lugar,
sino es una ermita    que dos millas de aquí está
donde yo estoy retirado,    ved con qué os puedo ayudar,
que por servir a Dios    lo haré yo de voluntad;
y por vuestro acontecimiento    o por hacer caridad.
El marqués, que esto oyera,    le agradeció su bondad,
diciéndole se quedara    para el cuerpo custodiar,
mientras él y el escudero    van el caballo a buscar
que allí cerca había dejado    en un prado apacentar.
Por el camino se iban,    comenzóle a preguntar
el marqués al escudero:    Dime toda la verdad
¿qué venía tu señor    por estas tierras a buscar?,
o ¿por qué causa lo han muerto?,    ¿o quién le vino a matar?
A lo cual, el escudero,    esta respuesta le da:
Por la fe que debo a Dios    lo que vi os quiero contar:
estando mi amo en París    paseando en la ciudad,
el príncipe don Carloto    mandó a mi señor a llamar;
todo aquel día en secreto    le gastaron en hablar.
Cuando la noche cerró    ambos se fueron a armar;
cabalgaron en sus caballos    salieron de la ciudad
armados de todas armas    con traza de pelear.
Yo salí con Valdovino    y con Carloto otro tal.
Ayer, cuando aquí llegamos    a este bosque de pesar,
apartóme del camino,    junto a un bosque fue a parar;
a todas partes miraba    si los vería regresar.
Al cabo de un gran rato    caballos oí relinchar.
Vi venir tres caballeros,    mi señor no vi tornar;
venían tintos en sangre    que era muy mala señal.
El uno era don Carloto,    los dos no pude notar;
con el miedo que tenía    no me atreví a preguntar
dónde queda Valdovino.    Yo le comencé a buscar.
Encontré un rastro de sangre    de que me dio gran pesar
y junto a la orilla de un río    vi el caballo sin montar;
un poco más adentro    a Valdovino vi estar
en el suelo, boca abajo,    casi a punto de expirar;
todo cubierto de sangre    que apenas podía hablar.
Levántele de la tierra    y comencéle a limpiar;
por señas me mandó    confesor fuera a buscar.
Esto es, noble señor,    lo que será de esta maldad.
Así acabó el escudero    su declaración fatal.
En esto llegan al sitio    adonde el caballo está;
lo toman y dan una vuelta    al ermitaño encontrar.
Acuerdan tomar el cuerpo    y a la ermita caminar.
Luego que hubieron llegado    van el cuerpo a desarmar;
quince lanzadas tenía    que cada una era mortal.
Cuando así lo vio el marqués    trastornóse de pesar;
entró dentro de la camilla,    de rodillas se fue a hincar.
Puso la mano en la espada    y así comenzó a jurar:
No me he de peinar las canas,    ni las barbas afeitar;
no he de entrar en poblado,    ni de las armas uzar;
ni comer pan en manteles,    ni en mesa me he de sentar
hasta matar a Carloto,    por justicia pelear
y morir en la demanda    manteniendo la verdad.
Y si justicia me niega    sobre esta gran maldad,
con mi estado y persona    iré a Francia a guerrear
y, manteniendo la guerra    vencer en ella o acabar.
Y por este juramento    prometo de no enterrar
el cuerpo de Valdovino    hasta su muerte vengar.
Cuando esto hubo jurado    mostró no tener pesar;
rogó luego al ermitaño    que le quisiere ayudar
para llevar el cadáver    al más cercano lugar.
El ermitaño lo guía    con afecto singular
y antes que entrara la noche    a una avaide se va
del orden de San Benito    que en una montaña está.
En ella entró el marqués    y así acordó de dejar
el cuerpo bajo cubierto    y hacerle embalzamar.
Al ermitaño rogaba    dinero quiera tomar
y, no quieriendo dinero    muy ricas joyas le dá;
mas no tomó cosa alguna    y para la ermita va.
Despidióse del marqués    y a Dios le fue a encomendar.
Embajada que envió el marqués    de Mantua al emperador
el noble conde de Birlos,    el duque Sansón leal.
Llegados son a París    sin mucho tiempo tardar;
los grandes que lo supieron    lo salieron a encontrar.
Cuando entraron en París    vanse al palacio real,
preguntan por Carlos Magno    porque le tienen de hablar.
Cuando don Carlos lo supo    mandóles pronto a entrar,
y estando delante de él    les preguntó sin tardar:
Decidme, nobles señores,    qué embajada os trae acá.
Respondieron cada uno,    presto la respuesta dan:
En Mantua habernos estado    para el marqués consolar;
triste embajada traemos    señor, queredla escuchar.
Mandara salir todos fuera,    hacer luego despejar,
no quede sino Oliveros    y ese paladín Roldan.
Todos se salieron fuera    y comenzó el conde a hablar:
Oh muy alto emperador,    sagra y real majestad
y de Francia natural    
pues vengo por mensajero    licencia queráisme dar
para decir mi embajada    si no lo tenéis a mal.
Respondió el emperador    con semblante de mudar:
Decid, conde, qué queréis;    no tenéis qué recelar,
que bien sé que el mensajero    licencia tiene de hablar.
La comisión que yo traigo    es justicia a demandar
contra el infante Carloto    tu propio hijo carnal.
Dicen que mató a traición    a Valdovino, el leal,
hijo del buen rey de Dacia    con engaño y falzedad,
rogándole que viniese    con él para aviajar
y por casar con su esposa    dicen que le fue a matar.
De este delito se quejan    hombres de grande lealtad
que son parientes del muerto    y sienten la falzedad:
el marqués Danés Urgel,    su maestro principal,
por tío de Valdovino    de padre hermano carnal,
y que, a más de ser pariente,    tiene muy grande pesar
porque le halló herido    casi a punto de expirar
en un monte muy espeso    distante de la ciudad.
Él mismo le contó el caso,    a él se fue a encomendar;
en sus brazos expiró,    lo cual no puede olvidar;
y ese duque de Variera    con Regne el singular
y aqueste rey africano,    tu vasallo natural,
padre de la infanta Sevilla,    la que hizo bautizar
por amor de Valdovino    con quien se quiso casar.
Y otros muchos caballeros    también se van a quejar;
los unos por parientes,    los otros, por amistad
y, sobre todo, la reina    doña Herminia, sin bar.
Tus naturales y extraños    me enviaron a suplicar
que si tu hijo los mata    quién los ha de librar.
Si no mantienes justicia    dejarán su país natal
y se partirán de Francia    a otros reinos morar.
El hecho es admirable    y terribe de contar
y en tal caso, gran señor,    bien lo habéis de castigar.
Acuérdate de Trajano    en la justicia guardar,
que no dejó sin castigo    a su hijo natural;
que aun perdonó la gente,    él no quiso perdonar.
Si negáis, señor, justicia,    mucho te podrán culpar
porque un caso como éste    no las dejarás pasar.
Mirái bien, señor, en ello    y obras sin parcialidad.
Turbóse el emperador    que apenas podía hablar,
la mano puesta en la barba    en pensativo ademán,
y, como al cabo de un gran rato    esta respuesta les da:
Si lo que habéis dicho, conde,    es en todo la verdad,
más quisiera que mi hijo    fuera el muerto sin dudar.
El morir es una cosa    que a todos es natural;
la memoria queda viva    del que muere sin fealdad;
mas quien vive en deshonra    se debe tener pesar
porque ése viviendo muere    olvidado de bondad.
Decidle, conde, al marqués    y a cuantos con él están,
que el pesar que de esto tengo    no le puedo demostrar;
mas yo daré tal ejemplo    para esta muerte vengar
que la pena del castigo    sobrepague la maldad,
porque todos escarmienten    cuando lo oyeren nombrar
y vengan a pedir justicia    que yo se la haré guardar,
según costumbre de Francia    desde la antigu#edad.
Siempre quiero declarar    en mi cuento la verdad;
donde mi persona estuviere    la justicia será igual
al pobre, como al rico,    extranjero o natural.
Más quiero dejar en memoria    de grande seguridad
que no dejar sin castigar    al que cometa maldad
aunque sea mi hijo propio    que me haya de heredar.
Al momento el conde Dirlos    la mano le fue a besar
aplaudiendo su justicia,    y así le fue a contestar:
Siempre, señor, confiamos    de vuestra infinita bondad,
que por mantener justicia    tal respuesta ha habido de dar,
mas porque el caso requiere    en su misma gravedad
por ser causa de tu hijo    no debes tú de castigar.
El marqués Danés Urgel    me envió a suplicar
que no quiere ser presente    para haber de sentenciar;
y nobles caballeros    que queda deliberar
y los que tú señalares    para esto determinar.
Sean caballeros nobles    de tu consejo imperial
y que hagan juramento    de administrar verdad,
y tu majestad provea    de señalar un lugar
apartado de la corte    donde se. haya de juzgar
para con ambas partes    hasta sentencia final.
Y, pues el marqués trajo gente    por su persona guardar
de aquél que mal le quisiere    si intentare incomodar:
entre ellos hay Reinaldo    y el señor Monte Alvar
porque no sabe el marqués    cómo le recibirán:
no quiere venir sin gente    sin saber tu voluntad;
mas viene a pedir justicia    y no para pelear,
y así la espera tú asegures    y a cuantos con él vendrán.
Mientras, el pleito durase    seguro le mandes a dar
durante su permanencia    y después por regresar.
De esta manera, señor,    él vendrá sin tardar
que ya el país de Mantua    atravesan sin zesar
y para pisar tus tierras    licencia le queráis dar
con todos los bastimentos    que tengas nececidad,
pagando lo que valiere    no le debes de negar.
Púsole al emperador    todo le fue así a otorgar:
El marqués venga seguro    y cuantos con él están
vengan, si quiere, de guerra;    y si no, vengan de paz;
y le juro por mi nombre    y por mi corona real
y porque seguro vengan    este mi anillo tomar;
la licencia que pide    soy contento de otorgar.
Ordenadla a vuestro gusto,    que así la quiero firmar.
Sacó el anillo de un dedo    que tiene el sello imperial;
el duque le tomó luego    la mano le fue a besar,
y despidiéndose humilde    a sus posadas se va.
Mucho pesó a don Carloto    que se supo su maldad
y se fue al emperador    para su disculpa dar;
mas nunca le quiso oir,    sino en el consejo real
y la audiencia que le dio    fue mandarlo aprizionar
hasta ser averiguada    por si contí la verdad.
Mucho pesaba a los grandes    que gozaban su amistad,
sobre todo le pesaba    a ese paladín Rondal.
Todos buscaban manera    para poderle librar,
mas nunca el emperador    a nadie quiso escuchar;
cuando más por él rogaban    más lo hacía prisionar.
Cada día al consejo    las leyes hacían mirar:
sobre el crimen cometido    qué pena le han de aplicar.
Estando en esto las cosas    
el marqués yendo a París    a vista de la ciudad
pasar no quiere adelante    y mandó asentar a su real.
Apostóle a Reinaldo    junto a un río de caudal
donde mejor pareciera    en más seguro lugar.
El pasó adelante    una milla y poco más,
armaron luego una tienda    su bandera mandó a alzar.
Cuando en París lo supieron    todos salieron a mirar
al gran campo del marqués,    su concierto singular,
la diversidad de gente    su arte y marcialidad.
Muchos señores y grandes    al marqués iba a hablar
para tratar de un convenio    o saber su voluntad.
Sentados están en la tienda    con nobleza y gravedad,
armados de toda armas    y descubierta la faz.
Tiene el ataúd delante    para más dolor mostrar,
la madre de Valdovino    y su esposa allí a la par.
De aquella suerte y manera    que quedan expresadas ya,
los que subían a la tienda    para el marqués visitar
de que le ven pesaroso    y en aquella forma estar
tenían de él compación    y le llegaban a hablar.
Recibíalos muy bien    y los mandaba asentar,
el caso, como pasó,    no cesaba de contar.
Si por Carloto pedían    mostraba mucho pesar;
rogaban con cortesía    le quisiere dispensar
el no poder complacerlos    como era su voluntad,
porque él se había quitado    sobre esto la libertad;
el juramento que hizo    a todos hacía demostrar
porque no tuviesen causa    de poderlo importunar.
Los grandes que esto oían    no le quieren fatigar,
querían sobre el caso    su gran dolor renovar.
Volvíanse hasta París    con gran tristeza y pesar
conociendo la razón    del marqués para vengar
un tan grande desacierto    y hacerle bien castigar.
Que el marqués llegado ha    
mandó llamar al consejero    de su palacio real
y cuando estuvieron juntos    volvió otra vez a mandar
entren los embajadores    para su dictamen dar.
Levantóse el conde Dirlos    y comenzó a expresar,
haciendo la acusación    con despejo y claridad.
Cuando él hubo acabado    volvióse luego a sentar;
todos se maravillaron    de oir tan grande maldad
y por el emperador    sentían mucho pesar.
Mirábanse unos a otros    sin nada determinar.
Antes que hablazen algunos    el emperador fue a hablar:
Lo que aquí pide el marqués,    lo primero y principal
es que yo nombre los jueces    para esto determinar;
por ser caso de Carloto    presente no quiere estar,
en decir todo lo mejor    y todo mi poder dar
porque admite justicia    en su conciencia verdad
y los jueces que yo nombre    hará justicia observar.
Uno es Dardin de Cerdeña    que Alfín suelen llamar
y de tus estados de Francia    el primero en el mandar,
el otro, conde de Flandes    don Alberto el singular
y uno de los dos estados    primero el consejo dar;
otro, el duque de Burgoña,    primer estado en juzgar,
riguroso y justiciero    y en mis reinos principal;
otro, el duque don Carlos,    mi teniente general;
otro, el duque de Borbón,    mi cuñado don Grimal;
el otro, conde de Foix    y el anciano don Beltrán;
y el otro es don Regner    llamado duque de Tousán;
y el otro, don Gastón,    de Alemania principal;
y el otro, duque de Beliana,    de Agramante natural,
asistente de mi corte    para los pleitos juzgar;
y el otro, duque de Saboya,    que aventuras fue a buscar
y en muchas partes del mundo    trances ha visto pasar.
Otro, el duque de Francia,    nombrada y rica ciudad,
don Arnaldo, el gran bastardo,    que así le hacen titular;
el otro, es don Guarismo    administrante del mar,
de mis armadas flotas    sobre todas general;
y nombrado por presidente    para en mi lugar estar
a Reinaldo de Germania,    consejero singular.
Para ello le doy mi cetro    y en mi poder enmandar,
que todos juntos puedan    observar y sentenciar
de lo que pide el marqués    cómo se le debe juzgar,
y le doy la comición    con poder y facultad
que la sentencia que dieren    la puedan ejecutar
según costumbre de Francia    por su propia autoridad,
dándole pena o castigo    a quien la hubieren de dar.
A lo cual puedan hallarsen    y en mi nombre asegurar
al marqués Danés Urgel    y a cuantos con él están
como a mi persona misma    nadie le puede enojar.
Así como aquí lo digo    a todos quiero mandar,
so pena de ser traidor    quien lo osare quebrantar.
Don Carlos, el buen duque,    regente y jefe de estado
con el duque de Borbón    don Grimal emparentado
y antiguo don Beltrado    y el conde Foix esforzado,
y el conde don Ganaban    con el conde don Ribiano
y el gran duque de Saboya    que aventuras ha buscado.
(Sentencia que pronunció el consejero contra el principal don Carlota.)    
En el nombre de Jesús    que todo el mundo ha desformado,
nosotros Dardín Gerndeña    Delfín de Francia mandado,
don Alberto y don Regnen    de tus estados nombrados,
el noble conde de Flandes    consejero legado,
con el duque de Borgoña    el primero en el juzgado,
con don Carlos el buen duque    urgente y jefe de estado,
con el duque de Borbón    don Frimal el Parientado,
el antiguo don Beltrán    el conde Foix esforzado,
y el conde don Ganelón    con el duque de Biliano
y el gran duque de Saboya    que aventuras ha buscado,
con el duque de Ferán    con Arnaldo el bastardo,
y el almirante Guarismo    en las mares estimado,
don Reinaldo de Germania    conde Dahle titulado
en el lugar y mandar    del gran Emperador Carlos,
todos juntos en el consejo    y acuerdo determinado;
vista ya la acusación    que el marqués nos ha dado,
vista también la demanda    que él mismo ha presentado,
vista también las respuestas    que don Carlos ha enviado,
y el proceso por entero    legalmente escarmentado,
visto que tan gran traición    don Carlos ha ejecutado
en matar a Valdavino    en un monte despoblado;
según que claro parece    por la confesión que ha dado,
don Carloto en la demanda    que el marqués ha presentado;
visto que junto por junto    el delito ha confesado,
y visto que nada observa    a que no sea juzgado
en esta real audiencia,    
por esta nuestra sentencia    cada cual bien informado
el hecho de la verdad    como lo han confezado,
condenamos a Carloto    primero sea arrastrado
por el campo y por la arena    por un caballo indomable.
Después de lo cual queremos    que sea descabezado
en un cadalzo erminente    donde sea bien mirado
desde la misma ciudad    por donde sea llevado.
Después de lo cual cumplido    que le acorten pies y manos;
luego también queremos    que sea descuartizado
y que se haga un edificio    en el cual se grave en mármol
el caso de Valdainos    y cómo fue vengado.
Don Carloto temeroso,    aunque muy esforzado,
se sorprendió al escuchar    lo que queda relatado.
Esforzóse cuanto pudo    una pluma demandado;
diéronle tinta y papel    y una carta ha ordenado;
con un paje que allí estaba    a don Rondal la ha enviado;
nadie sabe lo que envía    por escribirla apartado.
Don Rondal leyó la carta    y todos se alteraron;
es cierto que bien quisiera    dar remedio a lo rogado
doloroso y compasivo    un poco entre sí pensando
dudó se le puede hacer    lo que le fue suplicado.
Así debe dar desvío    al escrito ya citado:
un grande apuro y cuidado    
el amor dice que haga    el temor mira el mandato
del muy alto emperador    que el marqués ha asegurado,
mas al fin quiere la sangre    perder por él sus Estados.
Celebrada la respuesta    que no esté atemorizado,
que con parientes y amigos    saldrá al campo bien armado
con deseo de perder la vida    o de remediarle.
Sin que gran rato parece    quedó Carloto avisado
de lo que Rondal ordena    y de ello se ha alegrado.
Llegó a él contestación    y el papel le ha quitado.
Por París se ha divulgado    
que don Rondal hace gente    y que ejército ha ajuntado.
El emperador lo supo    y al marqués aviso ha dado,
mandó poner a Carloto    mucho más apricionado.
Pregonan por la ciudad    que ninguno sea osado
bajo la pena de la vida    al que saliere armado.
A Rondal envió a llamar    y decirle no sea osado
de entrar dentro de París    con mil hombres a caballo
y tres mil de infantería    sin retroceder el paso
hasta tanto que Carloto    en medio sea tomado
y en un calabozo, pues,    ha de ser ajusticiado.
Otro día de mañana    todo así fue ejecutado:
sacaron a don Carloto    con hierros aprisionados,
dos pregoneros delante    su gran maldad publicando;
al llegar junto a la puerta    don Reinaldo lo ha tomado
en medio toda su gente,    dejándole bien cerrado.
Cuando llegó en el lugar    donde estaba el cadalzo,
delante todo París    fue culpable ejecutado
según que por la sentencia    fue prometido y mandado.
Así murió don Carloto    como alegoso y tirano,
y Valdovino, viviendo    aunque murió muy honrado.
(Lamentos del Marqués de Mantua cuando encontró herido a su sobrino Valdovino en la Floresta y juramento que hizo de vengar a su muerte sobre el sobrino el inocente joven que tiene la Floresta vazía con la sangre de sus venas, sacada por la mano ingrata.)    
Está derramando aprisa    por los ojos fuentes de agua
el afligido marqués,    el cabello y la barba blanca,
puesto en tierra de rodillas,    mirando lástimas tantas
del grave dolor que siente    quiere hablar y se desmaya;
mas después, vuelto en sí,    flaquezas y fuerzas saca
y con lastimosa voz    pronuncia estas palabras:
Ay, de mí, sobrino mío    qué triste muerte me alcanza,
pues buscando pasatiempo    vine a encontrar las desgracias.
Muerto por mano alevosa    os encontré en esas matas,
aunque para información    ellas por testigo basta.
Quisiera, sobrino amado,    que mi edad cansada y larga
se trocara por la vuestra    y vuestro daño, en mis canas;
que yo muriera contento    a troque de que os gozara
vuestra esposa largo tiempo    aunque de este daño causa.
No la pongo culpa yo    que bien sé que lealtá guardas,
mas quien culpa alguna tiene    es su belleza extremada,
amor y rabiosos celos    de ese principal de Francia.
Poner fin a vuestros días    y dar principio a sus ansias
Mal lo miran a Carloto    que esta sangre al cielo clama
como la del justo Abel    pidiendo por su venganza,
y así juro a la ley de nobles    de esta buena esperanza,
poniendo a Dios por testigo    y la razón que ampara,
no descalzarme las espuelas,    ni cortar cabello ni barba,
ni comer pan en manteles,    ni dormir en cama alta,
ni vestir camisa limpia,    ni desnudarme las armas,
ni mostrar el rostro alegre,    ni desempuñar la lanza,
ni enterrar el cuerpo triste    que ya contempla su alma
ni entrar en poblado mientras    tenga vida quien la agravia.
Esto juró y lo cumplió    el noble marqués de Mantua,
que donde razón ayuda    nunca la justicia falta.
Nota: -290b s. bar, sic.    

Otros datos:
Notas del editor: Copiado de manuscrito. El romance comenzó cantado por la comunicante, quien recordaba los primeros versos; luego lo siguió con el manuscrito copiado.

Correspondencia: IDEA (Instit. de Estudios Africanos, C.S.I.C.), 581.

Bibliografía:
Recogida por Arcadio de Larrea Palacín, entre 1950 y 1952 (Archivo: AMP; Colec.: Larrea Palacín). Publicada en Larrea Palacín 1952b, II, pp. 147-172 [T. 216]. Música, M228 p. 147.