IGR: 0088. Versión: 1. Rima: á. Hemistiquios 818.
España
De Mantua salió el marqués, Danés Urgel el leal;
allá va a buscar la caza a las orillas del mar.
Con él van sus cazadores con aves para volar;
con él van los sus monteros con perros para cazar;
con él van sus caballeros para haberlo de guardar.
Por la ribera del Pou la caza buscando van.
El tiempo era caluroso, víspera era de Sant Juan.
Métense en una arboleda para refresco tomar;
al derredor de una fuente a todos mandó asentar.
Viandas aparejadas traen, procuran yantar.
Desque hubieron yantado comenzaron de hablar
solamente de la caza cómo se ha de ordenar.
Al pie están de una breña que junto a la fuente está;
oyeron un gran ruido entre las ramas sonar.
Todos estuvieron quedos por ver qué cosa será;
por las más espesas matas veen un ciervo asomar.
De sed venía fatigado, al agua se iba a lanzar;
los monteros a gran priesa los perros van a soltar.
Sueltan lebreles sabuesos para le haber de tomar.
El ciervo que los sintió al monte se vuelve a entrar;
caballeros y monteros comienzan de cabalgar.
Siguiéndole iban el rastro con gana de lo alcanzar;
cada uno va corriendo sin uno a otro esperar.
El que traía buen caballo corría más por le atajar;
apártanse unos de otros sin al marqués aguardar.
El ciervo era muy ligero, mucho se fue adelantar;
al ladrido de los perros los más siguiendo le van.
El monte era muy espeso, todos perdido se han.
El sol se quería poner, la noche quería cerrar,
cuando el buen marqués de Mantua solo se fuera, a fallar
en un bosque tan espeso que no podía caminar.
Andando a un cabo y a otro, mucho alejado se ha;
tantas vueltas iba dando que no sabe donde está.
La noche era muy escura, comenzó recio a tronar;
el cielo estaba nublado, no cesa de relampaguear.
El marqués que así se vido su bocina fue a tomar;
a sus monteros llamando. tres veces la fue a tocar.
Los monteros eran lejos, por demás era el sonar;
el caballo iba cansado de por las breñas saltar;
a cada paso caía, no se podía menear.
El marqués muy enojado la rienda le fue a soltar;
por do el caballo quería lo dejaba caminar.
El caballo era de casta, esfuerzo fuera a tomar.
Diez millas ha caminado sin un momento parar;
no va, camino derecho mas por do podía andar.
Caminando todavía un camino va a topar;
siguiendo por el camino va a dar en un pinar.
Por él anduvo una pieza sin poder d`él se apartar.
Pensó reposar allí o adelante pasar,
mas por buscar a los suyos adelante quiere andar.
Del pinar salió muy presto, por un valle fuera a entrar,
cuando oyó dar un gran grito temeroso y de pesar,
sin saber que de hombre fuese, o qué pudiese estar.
Solo gran dolor mostraba, otro no pudo notar,
de que se turbó el marqués, todo espeluzado se ha;
mas aunque viejo de días empiézase de esforzar.
Por su camino adelante empieza de caminar.
A pie va que no a caballo, el caballo va a dejar
porque estaba muy cansado y no podía bien andar;
en un prado que allí estaba allí lo fuera a dejar.
Cuando llegó a un río, en medio de un arenal
un caballo vido muerto, comenzóle de mirar.
Armado estaba de guerra a guisa de pelear;
los brazos tenía cortados, las piernas otro que tal;
un poco más adelante una voz sintió hablar:
¡Oh Santa María Señora, lo me quieras olvidar!
¡A ti encomiendo mi alma, plégate de la guardar!
En este trigo de muerte esfuerzo me quieras dar;
pues a los tristes consuelas, quieras a mí consolar
y tu muy precioso Hijo por mí te plega rogar
que perdone mis pecados, mi alma quiera salvar.
Cuando aquesto oyó el marqués luego se fuera apartar;
revolvióse el manto al brazo la espada fuera, a sacar.
Apartado del camino, por el monte fuera a entrar;
hacia do sintió la voz empieza de caminar.
Las ramas iba cortando para la vuelta acertar;
a todas partes miraba por ver qué cosa será;
el camino por do iba cubierto de sangre está.
Vínole grande congoja, todo se fue a demudar,
que el espíritu le daba sobresalto de pesar.
De donde la voz oyera muy cerca fuera a llegar;
al pie de unos altos robles vido un caballero estar,
armado de todas armas sin estoque ni puñal.
Tendido estaba en el suelo, no cesa de se quejar;
las lástimas que decía al marqués hacen llorar.
Por entender lo que dice acordó de se acercar.
Atento estaba escuchando sin bullir ni menearse
lo que decía el caballero razón es de lo contar.
¿Dónde estás, señora mía, que no te pena mi mal?
De mis pequeñas heridas compasión solías tomar,
¡agora de las mortales no tienes ningún pesar!
No te doy culpa, señora, que descanso en el hablar;
mi dolor que es muy sobrado me hace desatinar.
Tú no sabes de mi mal ni de mi angustia mortal;
yo te pedí la licencia para mi muerte buscar.
Pues yo la hallé, señora, a nadie debo culpar,
cuanto más a ti, mi bien, que no me la querías dar;
mas cuando más no podiste bien sentí tu gran pesar
en la fe de tu querer, según te vi demostrar.
¡Esposa mía y señora! no cures de me esperar;
fasta el día del juicio no nos podemos juntar.
Si viviendo me quisiste, al morir lo has de mostrar,
no en hacer grandes extremos, mas por el alma rogar.
¡Oh mi primo Montesinos, Infante don Merín,
deshecha es la compañía en que solíamos andar!
¡Ya no esperéis más de verme no os cumple más de buscar,
que en balde trabajaréis pues no me podréis hallar!
¡Oh esforzado don Renaldos! ¡Oh buen paladín Roldán!
¡Oh valiente don Urgel! ¡Oh don Ricardo Normante!
¡Oh marqués don Oliveros! ¡Oh Durandarte el galán!
¡Oh archiduque don Estolfo! ¡Oh gran duque de Milán!
¿Dónde sois todos vosotros? ¿No venís a me ayudar?
¡Oh emperador Carlo Magno, mi buen señor natural,
si supieses tú mi muerte cómo la harías vengar!
Aunque me mató tu hijo justicia querrías guardar,
pues me mató a traición viniéndole acompañar.
¡Oh principe don Carloto! ¿qué ira tan desigual
te movió sobre tal caso a quererme así matar,
rogándome que viniese contigo por te guardar?
¡Oh desventurado yo, cómo venía sin cuidar
que tan alto caballero pudiese hacer tal maldad!
Pensando venir a caza, mi muerte vine a cazar.
No me pesa del morir pues es cosa natural,
¡mas por morir como muero sin merecer ningún mal
y en tal parte donde nunca la mi muerte se sabrá!
¡Oh alto Dios poderoso, justiciero y de verdad,
sobre mi muerte inocente justicia quieras mostrar!
¡De esta ánima pecadora quieras haber piedad!
¡Oh triste reina mi madre, Dios te quiera consolar,
que ya es quebrado el espejo en que te solías mirar!
Siempre de mí recelaste recebir algún pesar,
¡agora de aquí adelante no te cumple recelar!
En las justas y torneos consejo me solías dar,
¡agora triste en la muerte aun no me puedes hablar!
¡Oh noble marqués de Mantua, mi señor tío carnal!
¿dónde estaís que no ois mi doloroso quejar?
¡Qué nueva tan dolorosa vos será de gran pesar,
cuando de mí no supiérdes ni me pudiérdes hallar!
Hecístesme heredero por vuestro Estado heredar,
¡mas vos lo habréis de ser mío aunque sois de más edad!
¡Oh mundo desventurado, nadie debe en ti fiar:
al que más subido tienes mayor caída haces dar!
Estas palabras diciendo no cesa de sospirar,
sospiros muy dolorosos para el corazón quebrar.
Turbado estaba el marqués, no pudo más escuchar;
el corazón se le aprieta, la sangre vuelta se le ha.
A los pies del caballero junto se fue a llegar;
con la voz muy alterada empezóle de hablar:
¿Qué mal tenéis?, caballero, ¿querádesmelo contar?
¿Tenéis heridas de muerte, o tenéis otro algún mal?
Cuando lo oyó el caballero la cabeza probó alzar;
pensó que era su escudero, tal respuesta lo fue a dar:
¿Qué dices, amigo mío? ¿Traes con quien me confesar?
Que ya el alma se me sale, la vida quiero acabar;
del cuerpo no tengo pena, que el alma querría salvar.
Luego le entendió el marqués por otro le fuera a tomar;
respondióle muy turbado que apenas pudo hablar:
Yo no soy vuestro criado, nunca comí vuestro pan;
antes soy un caballero que por aquí acerté a pasar.
Vuestras voces dolorosas aquí me han hecho llegar,
a saber qué mal tenéis o de qué es vuestro penar.
Pues que caballero sois querades vos esforzar,
que para esto es este mundo para bien y mal pasar.
Decidme, señor, quién sois y de qué es vuestro mal,
que si remediarse puede, yo os prometo de ayudar.
No dudéis, buen caballero, de decirme la verdad.
Tornara en sí Valdovinos, respuesta le fuera a dar:
Muchas mercedes, señor, por la buena voluntad;
mi mal es crudo y de muerte, no se puede remediar.
Veinte y dos feridas tengo que cada una es mortal;
el mayor dolor que siento, es morir en tal lugar,
do no se sabrá mi muerte para poderse vengar,
porque me han muerto a traición sin merescer ningún mal.
A lo que habéis preguntado por mi fe os digo verdad,
que a mí dicen Valdovinos, que el Franco solían llamar:
hijo soy del rey de Dacia, hijo soy suyo carnal;
uno de los doce pares que a la mesa comen pan.
La reina doña Ermeline es mi madre natural,
el noble marqués de Mantua era mi tío carnal,
hermano era de mi padre sin en nada discrepar;
la linda infanta Sevilla es mi esposa sin dudar.
Hame ferido Carloto su hijo del emperante,
porque él requirió de amores a mi esposa con maldad;
porque no le dio su amor él en mí se fue, a vengar
pensando que por mi muerte con ella había de casar.
Hame muerto a traición viniendo yo a le guardar,
porque él me rogó en París le viniese acompañar
a dar fin a una aventura en que se quería probar.
Quien quier que seais, caballero, la nueva os plega llevar
de mi desastrada muerte a París esa ciudad,
y si hacia París no fuerdes a Mantua la iréis a dar,
que el trabajo que ende habréis muy bien vos lo pagarán,
y si no quisiérdes paga, bien se vos agradecerá.
Cuando aquesto oyó el marqués la habla perdido ha,
en el suelo dio consigo, la espada fue arrojar,
las barbas de la su cara empezólas de arrancar,
los sus cabellos muy callo comiénzalos de mesar.
A cabo de una gran pieza en pie se fue a levantar;
allegóse al caballero por las armas le quitar.
Desque le quitó el almete comenzóle de mirar:
estaba bañado en sangre con la color muy mortal;
estaba desfigurado, no lo podía figurar,
ni le podía conoscer en el gesto ni el hablar;
dudando estaba dudando si era mentira o verdad.
Con un paño que traía la cara le fue a limpiar:
desque la hubo limpiado luego conocido lo ha.
En la boca lo besaba, no cesando de llorar,
las palabras que decía dolor es de las contar:
¡Oh sobrino Valdovinos, mi buen sobrino carnal!
¿Quién vos trató de tal suerte? ¿Quién vos trajo a tal lugar?
¿Quién es el que a vos mató que a mi vivo fue a dejar?
¡Mas valiera la mi muerte que la vuestra en tal edad!
¿No me conocéis, sobrino? ¡Por Dios me queráis hablar!
Yo soy el triste marqués que tío solíades llamar,
yo soy el marqués de Mantua que debo de reventar
llorando la vuestra muerte por con vida no quedar.
¡Oh desventurado viejo! ¿Quién me podrá conortar?,
que pérdida tan crecida más dolor es consolar.
Yo la muerte de mis hijos con vos podría olvidar.
Agora, mi buen señor, de nuevo habré de llorar.
A vos tenía por sobrino para mi estado heredar;
agora por mi ventura yo vos habré de enterrar.
Sobrino, de aquí adelante yo no quiero vivir más;
ven, muerte, cuando quisieres, no te quieras detardar;
¡mas al que menos te teme le huyes por más penar!
¿Quién le llevará las nuevas amargas de gran pesar?
A la triste madre vuestra ¿quién la podrá consolar?
Siempre lo oí decir, agora veo ser verdad,
que quien larga vida vive mucho mal ha de pasar.
Por un placer muy pequeño pesares ha de gustar.
De estas palabras y otras no cesaba de hablar,
llorando de los sus ojos sin poderse conortar.
Esforzóse Valdovinos con el angustia mortal;
desque conoció a su tío alivio fuera a tomar.
Tomóle entrambas las manos, muy recio le fue apretar;
disimulando su pena comenzó al marqués hablar:
No lloredes, señor tío, por Dios no queráis llorar,
que me dais doblada pena y al alma hacéis penar;
mas lo que vos encomiendo es por mí queráis rogar,
y no me desamparéis en este esquivo lugar;
fasta que yo haya espirado, no me querades dejar.
Encomiéndoos a mi madre, vos la queráis consolar,
que bien creo que mi muerte su vida habrá de acabar;
encomiéndoos a mi esposa, por ella queráis mirar;
el mayor dolor que siento es no la poder hablar.
Ellos estando en aquesto su escudero fue a llegar.
Un ermitaño traía que en el bosque fue a hallar,
hombre de muy santa vida de órden sacerdotal.
Cuando llegó el ermitaño el alba quería quebrar.
Esforzando a Valdovinos comenzóle amonestar
que olvidase aqueste mundo y de Dios se quiera acordar.
Aparte se fue el marqués por dalles mejor lugar;
el escudero a otra parte también se fuera apartar.
E marqués de quebrantado gran sueño le fue a tomar.
Confesóse Valdovinos a toda su voluntad.
Estando en su confesión, ya que quería acabar,
las angustias de la, muerte comienzan de le aquejar.
Con el dolor que sentía una gran voz fuera a dar;
llama a su tío el marqués, comenzó así de hablar:
Adiós, adiós, mi buen tío, adiós vos queráis quedar,
que yo me voy de este mundo para la mi cuenta dar.
Lo que vos ruego y encomiendo no lo queráis olvidar;
dadme vuestra bendición, la mano para besar.
Luego perdiera el sentido, luego perdiera el hablar,
los dientes se le cerraron, los ojos vuelto se le han.
Recordó luego el marqués, a él se fuera a llegar,
muchas veces lo bendice no cesando de llorar.
Absolvióle el ermitaño; por él comienza a rezar.
A cabo de poco rato Valdovinos fue a espirar.
El marqués de verlo así amortecido se ha,
consuélalo el ermitaño, muchos ejemplos le da;
el marqués como discreto acuerdo fuera a tomar,
pues remediar no se puede, a haberse de conortar.
Lo que hacía el escudero lástima era de mirar;
rescuñaba la su cara, sus ropas rasgado ha,
sus barbas y sus cabellos por tierra los va a lanzar.
A cabo de una gran pieza, que ambos cansados están,
el marqués al ermitaño comienza de preguntar:
Pídoos por Dios, padre honrado, respuesta me queráis dar.
¿Dónde estamos, o en qué reino, en qué señorío o lugar?
¿Cómo se llama esta tierra? ¿Cuya es, y a qué mandar?
El ermitaño responde: Pláceme de voluntad:
debéis de saber, señor, que esta es tierra sin poblar;
otro tiempo fue poblada, despoblóse por gran mal,
por batallas muy crueles que hubo en la cristiandad.
A esta llaman la Floresta sin ventura y de pesar,
porque nunca caballero en ella se acaeció entrar
que saliese sin gran daño o desastre desigual.
Esta tierra es del marqués de Mantua, la gran ciudad:
fasta Mantua son cien millas, sin poblado ni lugar,
sino sola una ermita que a seis millas de aquí está,
donde yo hago mi vida por del mundo me apartar.
El más cercano poblado a veinte millas está;
es una villa cercada del ducado de Milán.
Ved lo que queréis, señor, en que yo os pueda ayudar,
que por servicio de Dios lo haré de voluntad,
y por vuestro acatamiento, y por hacer caridad.
El marqués que aquesto oyera comenzóle de rogar
que no recibiese pena de con el cuerpo quedar,
mientra él y el escudero el caballo van buscar
que allí cerca había dejado en un prado a descansar.
Plúgole al ermitaño allí haberlos de esperar.
El marqués y el escudero el caballo van buscar;
por el camino do iban comenzóle a preguntar:
Dígasme, buen escudero, si Dios te quiera guardar,
¿qué venía tu señor por esta tierra buscar
y por qué causa lo han muerto, y quién le fuera a matar?
Respondió el escudero, tal respuesta le fue a dar:
Por la fe que debo a Dios yo no lo puedo pensar,
porque no lo sé, señor; lo que vi os quiero contar.
Estando dentro en París en cortes del emperante,
el príncipe don Carloto a mi señor envió a llamar.
Estuvieron en secreto todo el día en su hablar;
cuando la noche cerró ambos se fueron a armar.
Cabalgaron a caballo, salieron de la ciudad
armados de todas armas a guisa de pelear.
Yo salí con Valdovinos y con Carloto un paje;
ayer hubo quince días salimos de la ciudad.
Luego cuando aquí llegamos a este bosque de pesar,
mi señor y don Carloto mandaron nos esperar.
Solos se entraron los dos por aquel espeso valle;
el paje estaba cansado, gran sueño le fue a tomar;
yo pensando en Valdovinos no podía reposar.
Apartéme del camino en un árbol fui a pujar,
a todas partes miraba cuándo los veria tornar.
A cabo de un gran rato caballos oí relinchar,
vi venir tres caballeros mi señor no vi tornar.
Venían bañados en sangre, luego vi mala señal:
el uno era don Carloto, los dos no pude notar.
Con gran miedo que tenía, no les osé preguntar
dó quedaba Valdovinos, dó le fueran a dejar,
mas abajéme del árbol, entré por aquel pinar.
Desque los vi trasponer yo comencé de buscar
a mi señor Valdovinos, mas no lo podía hallar:
El rastro de los caballos no dejaba de mirar.
A la entrada de un llano, al pasar de un arenal,
vi la huella de otro caballo la cual me pareció mal.
Vi mucha sangre por tierra de que me fui a espantar;
en la orilla del río el caballo fui a hallar,
más adelante no mucho a Valdovinos vi estar.
Boca abajo estaba en tierra, y casi quería espirar,
todo cubierto de sangre que apenas podía hablar.
Levantáralo de tierra, comencéle de limpiar;
por señas me demandó confesor fuese a buscar.
Esto es, noble señor, lo que sé de este gran mal.
En estas cosas hablando el caballo van topar.
Cabalgó en él el marqués, y a las ancas fuele a tomar;
a do quedó el ermitaño presto tornado se han.
Desque hablaron un rato acuerdo van a tomar
que se fuesen a la ermita, y el cuerpo allá lo llevar.
Pónenlo encima el caballo, nadie quiso cabalgar.
El ermitaño los guía, comienzan de caminar;
llevan via de la ermita apriesa y no de vagar.
Deque allá hubieron llegado el cuerpo van desarmar.
Quince lanzadas tenía, cada una era mortal,
que de la menor de todas ninguno podría escapar.
Cuando así lo vio el marqués traspasóse de pesar;
a cabo de una gran pieza, un gran suspiro fue a dar.
Entró dentro en la capilla, de rodillas se fue a hincar,
puso la mano en una ara que estaba sobre el altar
en los pies de un crucifijo jurando, empezó de hablar:
Juro por Dios poderoso por Santa María su Madre,
y al santo Sacramento que aquí suelen celebrar,
de nunca peinar mis canas ni las mis barbas cortar,
de no vestir otras ropas ni renovar mi calzar,
de no entrar en poblado ni las armas me quitar,
sino fuere una hora para mi cuerpo limpiar;
de no comer a manteles ni a mesa me asentar,
fasta matar a Carloto por justicia o pelear,
o morir en la demanda manteniendo la verdad,
y si justicia me niegan sobre esta tan gran maldad,
de con mi Estado y persona contra Francia guerrear,
y manteniendo la guerra morir o vencer sin paz.
Y por este juramento prometo de no enterrar
el cuerpo de Valdovinos fasta su muerte vengar.
De que aquesto hubo jurado mostró no sentir pesar;
rogando está al ermitaño que le quisiese ayudar
para llevar aquel cuerpo al más cercano lugar.
El ermitaño piadoso su bestia le fue a dejar;
amortajaron el cuerpo, en ella lo van a posar.
Con las armas de Valdovinos el marqués se fue armar;
cabalgara en su caballo, comienza de caminar.
Camino llevan de la villa que arriba oistes nombrar.
Con él iba el ermitaño por el camino mostrar.
Antes que a la villa lleguen una abadía van fallar
de la órden de Sant Bernardo que en una montaña está,
a la bajada de un puerto y a la entrada de un lugar.
Allá se fue el marqués y allí acordó quedar
por estar más encubierto, y el cuerpo en guarda dejar,
por hacelle un ataúd y habello de embalsamar.
Al ermitaño rogaba dineros quiera tomar;
desque dineros no quiso sus ricas joyas le da.
No quiso ninguna cosa, su bestia fue a demandar;
despidióse del marqués, a Dios le fue encomendar.
Después de ser despedido para su ermita se va;
por el camino do vuelve a muchos topado ha
que el marqués iban buscando, llorando por le hallar.
Muchos por él preguntaban, las señales ciertas dan;
por las señas que le dieron él conocido lo ha,
a todos les respondía: Yo vos digo de verdad,
que un hombre de tales señas, que no sé quién es ni cuál,
dos días ha que le acompaño sin saber adónde va;
dejélo en un abadía que dicen de Flores Valle,
con un caballero muerto que acaso fuera a fallar:
si allá queréis ir, señores, fallaréislo de verdad.