IGR: 0195. Versión: 3. Rima: seguidillas. Hemistiquios 104.
Campo de Gibraltar s. l. (comc. Campo de Gibraltar, Cádiz, España)
Juan le hablaba a Adela desde muy niña,
hacía quince años que se querían.
Y él le decía, y él le decía:
Nunca te olvidaré, prenda querida;
te quiero porque eres la más bonita
de todas las mujeres que hoy se crían.
Dijo la niña, dijo la niña:
Eso por el cariño que me tenías.
El día de su santo le regaló
un vestidito blanco de gran valor.
Le dice: –Amada–, le dice: –Amada,
ése será el vestido de desposada.
Un día que fue a verla ella le dice:
¿Qué te pasa, mi Juan, que estás tan triste?
Lo que a mí me pasa no te lo digo,
porque si no enseguida vendrá el olvido.
¡Ay, dímelo!, ¡Ay, dímelo!
porque si no de pena me muero yo.
Ya puedes rezar, niña, por mi persona,
que no te quiero a ti, que quiero a otra,
que quiero a otra, que quiero a otra
que es más guapa que tú y más hermosa.
Se desmayó, se desmayó,
y encima de la cama, infeliz, cayó.
Madre, cierra la puerta, vente a mi lado,
que antes de morir quiero darte un recado:
si acaso viene Juan después de muerta,
no lo dejes pasar de aquella puerta,
pa que no crea, pa que no crea
que lo sigo queriendo cuando me vea.
Madre, en mi ventana aulla un perro;
antes de amanecer ya me habré muerto.
Cuando todo concluya viste mi cuerpo
con aquel traje blanco que no me he puesto
y en mi garganta y en mi garganta,
el anillo de perlas de desposada.
Cuando yo me haya muerto ponerme flores;
vengan todas las mozas menos Dolores,
menos Dolores, menos Dolores,
que se lo prohibirá su bien de amores.
¡Ay, madre mía!, ¡Ay, madre mía!,
por culpa de un ingrato pierdes tu hija.
Ya las campanas doblan con sentimiento;
Juan pregunta a Dolores: ¿Quién se habrá muerto?
A las tres de la tarde pasó el entierro;
Juan, que estaba en la puerta, se metió adentro,
se arrodilló, se arrodilló
delante de un retrato de la que amó:
Adela mía, Adela mía,
yo nunca había creído que te morías.
Una niña se ha muerto de mal de amores,
la culpa la han tenido Juan y Dolores.