IGR: 0372. Versión: 6. Rima: é-a. Hemistiquios 96.
Campo de Ebro (ay. Valderredible, p.j. Reinosa, Santander, España)
La mañana de San Juan, como es costumbre onde quiera,
de damas y de galanes pasear por la ribera,
se paseaban los dos, el buen Melchor y Lorenza.
Venía un barco de turcos batiendo moros a tierra,
les batieron a los dos, al buen Melchor y Lorenza.
Lorenza así que se vio en poder de gente ajena,
no estimaba el oro fino que lleva su faltriquera,
ni las mantillas de plata que su garganta rodean.
Adiós, Málaga, decía, adiós, Málaga, mi tierra,
adiós, madre de mi alma, que a mí los moros me llevan.
Otro día a la mañana cuando el sol extiende sus velas,
allá en la plaza de Árgel les tienen puestos en venta.
Los ha comprado una mora rica y de grandes haciendas;
los tuvo siete años presos con grillos y con cadenas;
mas al cabo de los ocho un rescate no tuvieran.
Dice la mora a Melchor, cuando no la oye Lorenza:
Melchor, cásate conmigo, gozarás ricas haciendas:
reniega la ley de tu Dios y de tu madre la Iglesia.
El buen Melchor la decía: Vivo me trague la tierra,
que a Dios y a la madre Iglesia les hiciera tal ofensa.
Lorenza así que lo supo en lágrimas no se fuera;
el buen Melchor la decía, el buen Melchor la consuela;
la dice: –Lorenza, calla–, la dice: –Calla, Lorenza,
que lágrimas de tus ojos en mi pecho se detengan;
por donde quiera que vayas derrames menudas perlas.
Dentro de muy poco tiempo otro rescate tuvieran.
Mató al ama y dos criados y a una criada con ellas;
echaran remos al aire y arriba una fresca vela
que se sacó de su ropa la desdichada Lorenza.
Otro día a la mañana partieron para su tierra;
fueron a hacer oración a una ermita que allí hubiera.
Fueron a pedir posada a la madre de Lorenza;
de dos hermanas que tiene ha bajao la más pequeña.
Baje usted, madre, y verá, verá qué cosa tan bella;
una mujer que está aquí y un hombre viene con ella.
Ya bajó su madre y viola a aquella blanca azucena.
Válgame Dios, mi señora, cómo se me representa
a una hija que yo tenía que se llamaba Lorenza;
me la cautivaron moros, yo nunca más supe de ella.
Diga usted señas a ver, acaso daremos nuevas.
Lo que Dios pudo pintar pintó en aquella doncella:
linda cara, lindos ojos, lindos carrillos y cejas,
y unos cabellitos rojos que eso se me representa.
La desdichada soy, madre, nacida soy de sus venas,
y este hombre que aquí viene es el buen Melchor de Iglesias.
Eso que ha oído su madre en sus brazos les estrecha.
Dentro de muy pocos días ya les casan, ya les velan,
hacen muy buenos casados y a Dios sirven muy de veras.