Los cautivos Melchor y Laurencia v2

IGR: 0372. Versión: 2. Rima: é-a. Hemistiquios 154.

Villarino tras la Sierra (ay. Trabazos, ant. Villarino tras la Sierra, p.j. Zamora, ant. Alcañices, comc. Aliste, Zamora, España)

Málaga, cuyas murallas    combate la mar soberbia,
el mejor puerto de mar    que el rey tenía en su tierra,
en esa ciudad vevía,    dentro de la calle nueva,
una mujer que le llaman    doña Juana de Cabrera.
Esa tal tiene una hija    que le llamaban Llorenza,
más linda que hermosas frores,    más que Diana y discreta,
que parece que en su rostro    pintó la naturaleza
todo lo que pintar pudo    en su hermosura y belleza:
su gargantilla de alcofre,    su cuello branco y rodela.
Terminaron de casarla    con un mozo de la tierra,
que por mozo y gentilhombre    le llaman Melchor Igresias.
Mañanita de San Juan,    cuando el sol tiende sus selvas,
muchos galanes y damas    iban a pasear la güerta,
y don Melchor también iba,    el buen Melchor y Llorenza.
Al pie `e una fuente roquía    saltaron moros en tierra,
los cautivan a los dos,    al buen Melchor y Llorencia,
los demás se han escapado    con gran brío y ligereza.
Adiós, Málaga afamosa,    vecinas de la mi puerta,
que ya no las vuelvo a ver    porque los moros me llevan.
Ya no estima el oro fino    que adornaba su cabeza,
zapato alparagatado    con rica media de seda.
Los mercara una morita    de gran linaje y hacienda,
los mercaron por tres años    sin que rescate tuvieran.
De los tres para los cuatro    la fortuna no corriera:
estando un día comiendo,    tendiendo el pan por la mesa,
entró la mora en su cuarto,    le dijo de esta manera:
Sabrás, Melchor de mi vida,    que tu amor me causa pena
y si reniegas de Dios    por Mahoma mi profeta,
nos casaremos los dos,    gozarás reinos y haciendas.
No lo quiera Dios del cielo    ni la Majestad suprema,
que a Dios ni a su Santa Madre    yo tal ofensa le hiciera,
que tengo los ojos puestos    en mi querida Lorenza;
en ella el amor divino,    en Dios la fe verdadera.
La mora, de que esto oyó,    no podía ver a Lorenza,
creyendo que era la causa    de no casarse con ella.
S` otro día a la mañana    luego la puso en venta;
no habiera moro ni mora    que por ella branca diera,
si no fue un perrito moro    que tarde vino a la feria,
por ella diera cien dobres,    por ella cien dobres diera.
Adiós, Melchor de mi vida,    te apartan de mi presencia.
No llores, querida mía,    no llores, que me das pena;
las llágrimas de tus ojos    en tu pecho las detengas,
no son dinas de caer    en tan perrerías tierras;
por donde quiera que vaigas    arrames menudas perlas,
que de ti no he de olvidarme    aunque de mi estés cien leguas.
Don Melchor, como no duerme,    a un camino le saliera,
mató un moro y tres criados    y una criada que lleva.
Le ha quitado las cien dobres    que lleva en su faltiquera,
para rescatar la vida    de su querida Lorenza.
Se van un montito abajo    que del mar está muy cerca;
vieron estar un barquichuelo    amarrado a una cadena;
echaron remos al agua,    al aire una fresca vela
que hicieron de la camisa    de su querida Lorenza.
Dentro de veinticuatro horas    estaban puestos en tierra.
Mil gracias daban a Dios,    mil veces besan la arena,
de que los había sacado    de tan perrerías tierras.
Ahora quiero que me lleves    a un pueblo de aquí más cerca.
La primer casa que fueron    luego fue la de Lorenza;
de tres hermanas que tiene    le salió la más pequeña:
¡Válgame Dios de los cielos,    válgame Dios, madre nuestra,
que dos romeros tan lindos    están a la nuestra puerta
que casi se me parecen    al buen Melchor y Lorenza!.
Diles que suban pa arriba    y aquí tomarán la sestia.
¡Válgame Dios de los cielos,    que así se me representa
una hija que yo tenía    que le llamaba Lorenza!,
la cautivaron los moros    y no he vuelto a saber della.
Usted, si la viera ahora,    usted sí la conociera.
Yo, si la viera desnuda,    yo bien que la conociera,
que en el su lado derecho    un rico llunar tuviera,
con tres cabellitos blancos    que su cuerpo le ciñeran.
Alégrese la mi madre,    que soy su hija Lorenza.
La madre, de que esto oyó,    para atrás se quedó muerta.
Levántese, la mi madre,    y vámonos a la igresia,
a darle gracias a Dios    que nos trajo a nuestra tierra.
Dentro de muy pocos días    se hicieron bodas y fiestas.

Bibliografía:
Recitada por unas jóvenes. Recogida por Tomás Navarro Tomás, 1910 (fecha deducida) (Archivo: AMP; Colec.: Navarro Tomás, T.). Publicada en IGR-vulgar 1999, pp. 88-90.