IGR: 0676. Versión: 1. Rima: é-a (L. Hemistiquios 160.
Riaza (ay. Riaza, p.j. Sepúlveda, ant. Riaza, Segovia, España)
Sacro Dios incomprensible, criador del cielo y tierra,
gran supremo de los reyes, en quien todo bien se encierra.
Y los hombres ostinados en la avaricia y soberbia (sic)
quebrantan los mandamientos de nuestra madre la Iglesia.
Y dicen que descendió Cristo del cielo a la tierra
y nació de madre virgen quedando infanta azucena.
Haced, mi Dios poderoso, por vuestra seria clemencia,
amparado de la gracia pueda conseguir mi idea
de explicar a mi auditorio, atención, que ya comienza.
En el famoso obispado de la ilustre Cartagena,
hay un pequeño lugar que llaman Aldeanueva.
El párroco de este pueblo, con don Manuel de la Ceda,
noble anciano venerable, cerboroso en tal manera
que grandes necesidades socorría con su hacienda,
dando posada a los pobres. Mas una maldita hembra
que por criada tenía, la cual llamada Teresa,
a todos les ultrajaba con palabras desatentas.
Y el amo dice: –Teresa,
ama a Dios, debes al pobre tratarle con reverencia,
que la que al pobre ofendiere castigo grande la espera.
Ella respondió: –Señor, no meta usted tanta harenga;
me espanto que su merced de vagabundos se crea.
Esos que piden limosna son gente muy lisonjera,
y a mí me lleve el demonio si yo de ellos me creyera.
Llegó Cristo en este traje del sacerdote a la puerta
a pedir una limosna. ¡Oh, qué fea es la pobreza!;
hasta el mismo Dios la ame, así nadie la aborrezca.
Quiso, con traje de pobre, dar a entender su grandeza.
El párroco venerable sacó de su faldriquera
un realito y le besó con humilde reverencia.
Tenga, hermano,– dijo a Cristo. Mas la Magestad suprema
respondió: –Un poco de pan estimara que me diera.
Dijo el sacerdote: –Sí, con voluntad fina y buena
te lo daré, hermano mío. Dale limosna, Teresa.
No detengas a este pobre, que yo me voy a la iglesia.
Mas la maldita criada respondió con aspereza:
¿Que un realito no es limosna?, ¿le dan más allá en su tierra?
Y Cristo dijo: –Teresa,
das algo de tu salario, mira por si no te pierdas.
Pareces, pobre, soberbio sólo por esa respuesta,
no has de llevar un bocado de pan.– Y cerró la puerta.
Quedóse Cristo en la calle, ¡oh, soberana grandeza!,
de Dios todopoderoso qué temeridad es ésa;
una mujer despechada desprecia así su grandeza.
Con pasos muy amorosos camina Cristo a la iglesia
donde estaba el sacerdote esperando a que viniera
algún hombre para que le asista con reverencia
al divino sacrificio, al punto que Cristo llega.
Venga, hermano, –dijo a Cristo que los hombres de esta tierra
siendo día de trabajo pocos vienen a la iglesia,
adoran al sacrificio y se salen con presteza.
El sacerdote y al pobre le puso a su mano diestra.
Venga, hermano, que es mi gusto que coma usted a mi mesa.
A lo cual dio por respuesta
el Redentor de las almas: Mucho estimo la firmeza,
que yo por tal interés no hiciera la diligencia.
En fin, llegaron a casa y luego a comer se prestan.
Dijo entonces la criada: No saldremos de quimeras.-
Y el amo dijo: –Teresa,
no te muestres tan altiva, presta un poco de paciencia.
Digo la verdad, señor, el pobre en una cazuela
comer puede en un rincón. Con esto se salió fuera
para entrarles la comida. Dígame, hermano, ¿en su tierra
están fértiles los campos?, ¿acaso hay buena cosa hecha?
En este año que estamos esperanzas no lo pierda.
Que Dios ha de enviar agua en abril, es cosa cierta;
y también el mes de mayo por el principio se espera.
Hermano, hermano, eso para Dios se queda,
que los hombres no podemos penetrar tan alta idea.
Es tan cierto y tan seguro -dijo Dios- como Teresa,
vuestra criada, se halla dentro de aquel cuarto en tierra,
y tres horribles demonios, de gatos en la apariencia,
la comen el corazón, las entrañas y la lengua.
El santo ministro, entonces, atemorizado queda,
casi sin vital aliento, pero recobrando fuerza,
dice: –De parte de Dios, o de parte de obediencia,
me habéis de decir ahora la causa de esta doncella.
Dice el uno: «A mí me toca el mito de la paciencia .»
Dice el otro: «Soy la envidia, que es mía la dependencia.»
Dice el otro: «Soy la injuria, que toda maldita lengua
maldiciente, inflamadora, castigo de esta manera».(sic)