IGR: 3002. Versión: 1. Rima: ó-a. Hemistiquios 122.
Agulo (ay. Agulo, p.j. San Sebastián de La Gomera, ant. Santa Cruz de Tenerife, isla de La Gomera, Santa Cruz de Tenerife, España)
El Señor me dé el aliento, entendimiento y memoria
para poder explicar una verdadera historia.
Estándose Andrés un día en una baja remota,
en una peña pescando oye una voz dolorosa,
oye una voz que le dice: Vete, pescador, y adora
que a la pobre tu mujer se le está acercando la hora.
Andrés oyó la palabra, pero no ve quien la nota.
Allí se partía Andrés maginando en varias cosas.
Llegó a su casa y halló relumbrando en todas cosas,
halló su mujer parida sin dolor en su persona:
que ha nacido de aquel vientre una imagen de corona.
Su madre le daba el pecho, mantención de su persona.
Sin el niño haber hablado una letra por su boca,
le dice: –Señora madre, detenga la pecadora,
que esa leche la enturbiaste para venir a mi boca.
Se quedan maravillados en sólo oír esas cosas.
A su esposo le decía principio, manera y moda:
sin que el niño hubiera hablado esas letras por su boca.
De la edad de ocho días le echan sal y agua en la boca,
en la pila lo pusieron Alejo José Vitoria.
De diez años no cumplidos un casamiento le notan
con una dama muy rica, con muchas haciendas y honra
llamada doña Francisca y su madre doña Antonia,
y su padre Andrés de Nieves y de apellido Mendoza.
La noche que se casaron, por no dormir con su esposa:
Saberás, esposa mía, me ha venido a la memoria
que di palabra ayer tarde acá a una cierta persona,
que en contestar con su nombre se me está cercando el hora.
Pide licencia a sus padres y sus padres se la otorgan;
su esposa otorgó también no imaginando tal cosa.
De que ve doña Francisca que su lindo amor no asoma,
coge las llaves de un cuarto se tranca en un cuarto sola,
botando ropas de seda de varón se viste toda:
pantalón, chaqueta blanca, calzón redondo que abrocha,
chileco de fino paño y un sombrero alto de copa,
pañuelo azul al pescuezo que a sí mismo la enamora.
Monta en caballo morisco que a los mismos aires rola.
Donde le agarró la noche en una oscura montosa;
se separa del camino para caminar con honra,
que no es muy bien parecido de noche una mujer sola.
De una vez que viene el día, con un gran viejo se atocha:
Padre viejo de mi vida, vengo a preguntarle ahora,
de la verdad no me niega por si ha oído alguna cosa,
que si ha visto por aquí a Alejo José Vitoria.
Diga las señas que tiene, por si ha visto alguna cosa.
De cuerpo tiene dos varas y de la barbita corta,
ojos negros muy bonitos y de la color hermosa.
Ese mismo que usted dice el Viernes Santo a estas horas
un caimán le dio la muerte y se lo tragó en el hora,
era un gran amigo mío que el dolor traigo hasta ahora.
Se vuelve doña Francisca muy triste y muy congojosa
para vivir con sus padres como cuando estaba moza.
Al otro siguiente día viene pidiendo limosna,
también les pidió posada: se la dan en una lonja.
La sala tiene un bujero por donde barren y arrojan;
allí le hicieron la cama a Alejo José Vitoria.
Al otro siguiente día van a darle la limosna
y le encontraron de vivo el resuello en otra cosa.
En su mano la derecha tiene una carta copiosa;
bajan curas, bajan condes y a ninguna se la nota,
bajaba doña Francisca y a la halda se la arroja.
En el primer renglón dice: «Perdóname, pecadora,
yo fui al que tú encontraste en la montaña espaciosa
el lunes por la mañana, dibas mudada de ropa».
En la presencia de Dios conoció Alejo a su esposa.
Las campanas en el templo se repican ellas solas.