IGR: 0096. Versión: 30. Rima: é-a. Hemistiquios 80.
Llanos (parr. Santibánez de la Fuente, ay. Aller, p.j. Lena, ant. Laviana, Asturias, España)
En la ciudad de León, allí junto a la calle Nueva,
habitaba un comerciante, trataba en paños de seda.
Tenía un niño de cinco años que de todo daba cuenta.
¿Quién entra en casa, mi hijo?
Entra un comerciante, padre, todo rodeado de seda;
se mete pa`l aposento donde mi madre se duerma,
se querían, se abrazaban, algunas veces bien se besan.
¿Qué es esto, mi mujer, qué es esto que el niño cuenta?
No hagas caso, mi marido, de lo que el niño te cuenta.
Aparéjame, mi hijo, aparéjame la yegua.
No aparejo yo, mi padre, no aparejo yo la yegua,
mi madre ha jurado anoche
vivo sacarme los ojos, vivo sacarme la lengua.
Y después que marchó el padre,
vivo le sacó los ojos, vivo le sacó la lengua.
Ahora habla, hijo, habla, ahora te doy licencia.
Para que no hablase más le ha cortado la cabeza
y hacer un guisado de ella.
Vino su padre del viaje.
¿Onde está el hijo, mujer, que no parece a mi espera?
Fuimos a una romería que se llama Santa Elena,
tanta gente es la que había que el niño se me perdiera.
Cartas van y cartas vienen, el niño no pareciera.
Ahora le di del pan y lo eché `n casa ` su `buela.
De en casa su buela vengo y mi hijo allí no queda.
Ahora le di del pan y le eché para la escuela.
De la escuela vengo yo y mi hijo allí no queda;
el mi hijo entre los otros relumbra como una estrella.
¿Qué tenemos que cenar? Mi marido, una cabeza,
que la he cogido en el rastro estando en espera vuestra.
Se pusieran a comer ambos juntos a la mesa,
sacaron cuchillo de oro para partir la cabeza.
Sonó una voz dolorosa como si del cielo fuera:
No parta de eso, mi padre, no parta de esa cabeza,
que de su vientre ha salido, no quiera Dios que allá vuelva.
Y le echó una maldición:
¡Bajen quinientos demonios!–. No se atreminan con ella,
si no es un diablillo cojo que en polvo y paja la lleva.
Por los campos de Granada van relinchando con ella,
allí bajara el su hijo a darle la enhorabuena.
Dejáila, perros, dejáila, que esa alma ya no es vuestra,
esa la salva el su hijo por la leche que le diera,
por nueve meses y un día que en su vientre le trajera.
¡Válgame Nuestra Señora, válgame la Madalena!