IGR: 0096. Versión: 25. Rima: é-a. Hemistiquios 94.
Campo de Ebro (ay. Valderredible, p.j. Reinosa, Santander, España)
Se ha enamorado un hidalgo de una tan bizarra bella;
siete años han estao juntos y un año de paz tuvieran.
En aquel año de paz una prenda Dios les diera,
y la prenda que les dio fue un niño como una estrella.
Tres años tenía el niño y a su padre parla y cuenta.
¿Quién entra en casa, hijo mío, cuando yo no estoy en ella?
El alférez entra, padre, el alférez es el que entra,
y a mí como pequeñito me dan pan y vete fuera;
póngala enmienda a mi madre, mi padre, póngala enmienda,
que a mí me parece mal y a Dios hace grande ofensa.
Y ella, la infiel y traidora, lo está oyendo en la escalera.
Otro día se le ofrece ir el hidalgo a la feria;
comerciaba en ricos paños y también en ricas sedas.
Ella, la infiel y traidora de matar al niño intenta.
Ven aquí, niño querido, peinaré tu cabellera.
La peinada que le dio que le cortó la cabeza.
Ahora parla, charlatín, que ahora ya te doy licencia.
Ya lo tengo de decir a mi padre cuando venga.
Los pies ha echado en adobo y la cabeza en cazuela,
y los huesos más pequeños se los ha echado a la perra.
La perra corno cristiana en el portal de la iglesia,
con las patas hace un hoyo con la boca los entierra.
Cuando el alférez volvió otra vez a casa a verla,
sacó la lengua en un plato y al alférez se la lleva.
¿Qué carne es esta, la dice, que está tan fresca y tan buena?
De un bonillo es, alférez, que un pastor me le vendiera.
La cabeza tengo allí pa cuando el hidalgo vuelva.
A eso de la medianoche el hidalgo a casa llega.
¿Dónde está el niño, mujer, que no ha salido a la encuentra?
Siempre ha salido a la calle y ahora tampoco a la puerta.
Has de saber, mi marido, que le ofrecí una novena
y allá entre la mucha gente el niño se nos perdiera.
No lo creo yo, mujer, que el niño se escabullera,
allá entre la mucha gente alguno le conociera.
Sube, sube, maridito, que te tengo rica cena.
Subió el marido a cenar, ya ha preparado la mesa,
ya está afilando el cuchillo pa espedazar la cabeza.
Una voz del cielo oyó sin saber quién la dijera.
No parta, padre, de ahí, no parta de esa cabeza,
que salió de sus entrañas, no quiera Dios que allá vuelva.
Ella, la infiel, y traidora, en un cuarto ya se encierra;
la llave era de tornillo y al punto diera la vuelta.
Ha llamado a los demonios, que vinieron a por ella,
y ellos como no son sordos al momento allí estuvieran,
No la llevan por caminos ni tampoco por carreras,
la llevan por unos montes, la van cargando de leña
para aumentar aquel fuego que en el infierno la espera.
¡Válgame Nuestro Señor, válgame la Magdalena!