El lindo don Juan v7

IGR: 0166. Versión: 7. Rima: é-o. Hemistiquios 108.

Dobres (ay. Vega de Liébana, p.j. San Vicente de la Barquera, ant. Potes, Santander, España)

Estando don Juan jugando    con los demás caballeros,
vino por allí una mujer    que era excusada en el pueblo.
¿Qué haces aquí tú, don Juan,    tan descuidado y sereno,
que tu mujer y tus hijos    te están armando un auterio,
para darte de beber    un vasito de veneno.
No lo creo por mi esposa    ni por mis niños pequeños,
no lo creo por mi esposa    el que conmigo hagan eso.
Créelo por Dios, don Juan,    créelo por Dios del cielo,
como en el altar se consagra    el Santísimo Sacramento.
Don Juan que aquesto oyó    como un perro carnicero;
no se iba por los caminos,    se iba por los senderos.
Halló la puerta cerrada    y la derribó en el suelo.
Ya salió doña María,    le echó los brazos al cuello.
¿Dónde va el lindo don Juan,    que tan airoso te veo?
Quítate, perra traidora,    que de matarte pretendo.
Si pretendes de matarme    tráeme confesores luego.
¿Cómo me pides, traidora,    lo que yo darte no puedo?
Los curas no están acá,    los frailes están durmiendo.
Déjame ir a despedir    de los mis niños pequeños,
que uno tiene cinco años    y apenas ha entrado en ellos,
Adiós, hijos de mi vida,    qué día hoy tan funesto,
que tu padre pretende matarme,    yo la causa no sé de ello.
La más pequeñita de ellas    le echó los brazos al cuello.
Muera, mi madre, muera,    . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
porque el que sin culpa muere    derechito se va al cielo,
y el que muere con culpa    derecho se va al infierno.
Se ha quitado los anillos    los tiró por aquel suelo,
siete vueltas de corales    que traía por el cuello.
Ahora ahí me tienes, don Juan,    todo mi cuerpo te entrego;
el alma no puedo darla,    por eso no te la entrego,
porque ni es tuya ni es mía,    es del buen Jesús del cielo.
La pegó tres puñaladas    y la derribó en el suelo,
y después fue adonde los hijos,    con ellos hizo lo mesmo;
los mató y los degolló    como corderillos tiernos.
Después se volvió a jugar    como si nada hubiera hecho.
Ya se pasaron tres días    y se dice por el pueblo
que las puertas de don Juan    tres días no se han abierto.
Entremos por las ventanas,    miremos los aposentos.
En el medio de la sala    hallan cuatro cuerpos muertos;
determinan de enterrar    el mayor cuerpo del primero;
determinaron de echarle    . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
una sábana de holanda    forrada de terciopelo.
Llevaron a la señora;    por el camino iba diciendo:
¿Dónde estás, galán don Juan,    que no vienes a mi entierro?
A ti te perdono yo    por el cariño que te tengo,
pero no perdono yo    a la que ha sido causa de esto.
Entierran a la señora,    vuelven por los corderuelos;
el primero que entró en casa    fue su queridito abuelo.
Ya los encontró jugando    en unos ricos tableros.
¿Quién vos curó, los mis niños,    quién vos curó, los mis nietos?
Aquí vino una Señora    con un infante pequeño,
nos curó nuestras heridas    con sus cristalinos dedos,
y me dijo que mi madre    estaba en los santos cielos,
y me dijo que mi padre    ardería en los inflemos,
y que también ardería    la que ha sido causa de esto.

Bibliografía:
Recogida por José María de Cossío y Tomás Maza Solano, entre 1933 y 1934 Publicada en Cossío 1933-1934, I. LIII (nº 222), pp. 398-400.