IGR: 0049. Versión: 168. Rima: á. Hemistiquios 64.
Villalpando s. l. (p.j. Villalpando, Zamora, España)
Paseaba el conde Linos la mañana de San Juan
a dar agua su caballo por las orillas del mar.
Mientras su caballo bebe el decire este cantar.
Camisa, la mi camisa, ¿quién te pudiese labar?,
labarete retorcerte, tenderete en el rosal.
La reina lo estaba oyendo desde su palacio real.
Mirar, hijas, cómo canta la serenita en la mar.
No es la serenita, madre, no es la serenita tal,
es el hijo conde Linos, por mis amores va.
Por si tus amores viene, yo le mandaré matar.
Si le manda matar, madre, a mí me mande matar.
El murió al escurecer y ella a lo gallas cantar;
ella, como hija de reina, la entierra al pie el altar
y a él, coma hijo de conde, un poquito más atrás.
La reina cuando va a misa asi tiende su libral.
Ella se volvió una oliva y él un olivar;
la reina de que lo supo luego le mandó cortar.
Ella se volvió águila y él se volvió un gavilán;
el águila, como lista, de un vuelo pasó la mar.
y el gavilán, como torpe, de dos le vino a pasar.
Ella se volvió un armita, él se volvió un rico altar
y en el medio de la armita una fuente mundanal
que cura cojos y mancos y ciegos van a curar.
La reina por su fortuna ciega se vino a encontrar;
la reina de que lo supo luego se caminó allá.
Por Dios te pido, armitana, por Dios u por caridad,
me dejes labar los ojos en la fuente mundanal.
La dejaré labar uno, del otro no verá tal,
por la leche que me diera de su pecho virginal.
Cuando fuimos palomitas luego nos mandó matar,
cuando fuimos arbolitos luego nos mandó cortar,
y ahora que somos santos nos viene a visitar.