Conde Claros en hábito de fraile v3

IGR: 0159. Versión: 3. Rima: á. Hemistiquios 122.

Candín (ay. Candín, p.j. Ponferrada, ant. Villafranca del Bierzo, comc. Ancares, León, España)

Don Carlos sale de paseo    con las campanillas en su ruán;
toda la gente salía    por las ventanas mirar,
también salió Galanzuca,    la hija del rey Galán:
¡Qué buen cuerpo tienes, Carlos,    para con el moro pelear!
Mejor lo tengo, Galanzuca,    para contigo me holgar.
Si ese gusto tienes, Carlos,    vamos al arenal.
Tres noches `tuvieron alí,    tres noches n`arenal;
una fuera de su gusto,    y dos fueron de pesar.
Al cabo de los tres días    
un paje del rey    por allí vieron pasar.
Calla, calla, Galanzuca,    que a tu padre se lo he de contar.
No se lo cuentes,    (que) cien doblones te voy (a) dar.
No te quiero doblones,    tu padre me los dará.
El paje baja pola carretera,    Galanzuca por el arenal;
cuando el paje ya llegó,    Galanzuca en casa está
[–Noticia le traigo]    
que su hija Galanzuca    estaba en el arenal.
El rey las juntó a todas    de esta manera les hablaba:
¿Cuál de las mis tres hijas,    ella preñadita está?
Miran unas para otras,    a todas les pareció mal;
no siendo Galanzuca,    que comenzara a llorar.
Luego saltara su madre,    mala lengua y mal hablar:
Apañái leña, mis criados,    que la vamos a quemar.
(En un cuartito la encerraron.)    
¡Quién me diera un pajarcito    de los que me comen pan,
que esta carta me llevaran    a Carlos de Montealbar!
Escríbala usted, señora,    que yo se la iré a llevar.
Buenas te traigo, don Carlos,    buena expresión de pesar;
que a tu novia Galanzuca    ya te la van a quemar.
Si lo digues de veras,    anda, vamos a merendar;
si lo dices de risas,    es tiempo de caminar,
si la queman, que la quemen,    que la dejen de quemar,
que mujeres por el mundo    para mí no han de faltar.
Sacó una carta del bolsillo,    a Carlos se la fue a entregar.
Quitó las ropas de seda    y vistió las de cardenal;
por aquellas veigas verdes    corre más que un gavilán.
Por aprisa que llegó,    ya la iban a quemar.
¡Paren, paren con la niña,    que ella va sin confesar!
Y luego salta su madre,    mala lengua y mal hablar:
Siete confesores tuvo    y no contó la verdad.
¡Esperen, Dios de los cielos,    que a mí me la ha de contar!
La cargara así en sus brazos    y la puso en el altar.
¿Has dormido con alguno,    de risas o de verdad?
No he dormido con ninguno,    ni risas ni de verdad,
nada más que unas tres noches    con Carlos de Montealbar,
una fuera de mi gusto,    y dos fueron de pesar.
En el mirar de los ojos,    ¿a quién te parecerá?
En el mirar de los ojos,    a Carlos de Montealbar.
N`el apretar de la mano    ¿a quién te parecerá?
N`el apretar de la mano,    a Carlos de Montealbar.
La agarrara entre los brazos    y la puso en su rubán;
por aquellas veigas verdes    corre máis que un gavilán.
Y luego salta su madre,    mala lengua y mal hablar:
Si la llevas por esposa,    las ropas vuelve buscar;
si la llevas por querida,    trae, que la vamos quemar.
¡Madre que quema a una hija    poco le tendrá que dar!
siete vestidos tiene hechos    y siete tiene a cortar,
el día de la su boda    todos los ha de estrenar.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .    
Por la puerta del rey    la espada iban a jugar.
¿De quién será ese niño    que tan bien la espada sabe jugar?
Yo soy su nieto, mi abuelo,    que usted quería quemar.
Si eres mi nieto,    muchas cosas te voy dar.
Yo no le quiero `e sus cosas,    mi padre tiene que dar;
¡Padres que queman una hija,    no tendrán mucho que dar!

Bibliografía:
Recitada por María Abella López (83a) y María Fernández Abella (44a). Recogida por Paul Bénichou, Mercedes Cano, J. Antonio Cid y Concha Enríquez de Salamanca, 1985. (Archivo: ASOR; Colec.: Encuesta LEÓN 85; cinta: 1.17-7.1/B-06 y B-03). Publicada en TOL I 1991, pp. 88-90.