El castillo de la Virgen v9

IGR: 0308.1. Versión: 9. Rima: í-a. Hemistiquios 80.

Hontoria (ay. Cabezón de la Sal, p.j. Torrelavega, ant. Cabuérniga, Santander, España)

Allá arriba en aquel alto    una ermita se veía,
no la hizo un carpintero    ni hombre de carpintería,
que la hizo Dios del cielo    para la Virgen María.
Allí está la Virgen madre    sentadita en una silla
con un niño entre los brazos    llorando a lágrimas vivas.
¿Por qué lloras, la mi madre,    por qué lloras, madre mía?
si lloras por los pañales    Santa Ana vos los daría.
No lloro por los pañales    que de sobra los tenía,
lloro por una mujer    que darme muerte quería,
cambiando con dura mano    el dolor por mi alegría.
¿Cómo pecó, la mi madre,    cómo pecó, madre mía?
Viniendo acá por la noche    cuando apenas se veía,
y acercándose a este templo    y acercándose a esta ermita,
blasfemaba sin dolor    traspasando el alma mía
con la flecha del pecado    que ardiendo hasta mí venía.
¿Y cómo el cielo en centellas    madre, no se deshacía?
Porque allá en el cielo vi    como todo el mundo vía,
una cruz que los pecados    de los hombres redimía
y que por todos sus lados    resplandores despedía,
y a esta tierra iluminaba    y también a esta ermita,
y yo la cruz y las luces    desde el alto lo veía,
y entre la cruz acechaba    un letrero que decía:
«Yo perdono a tos los hombres    que son almas redimidas
con las sangre de mis venas    que en el Gólgota corría,
que caía por la cruz    y por los clavos caía.
Al ver esto la mujer,    aquella mujer maldita,
blasfemaba con más furia    y yo desde aquí lo oía;
y de nuevo aquella cruz    en el cielo se veía
rodeada del letrero    que aquellas cosas decía;
pero la mujer la cruz    en su furor no veía
y seguía blasfemando    y maldiciendo seguía,
y yo desde este mi asiento    todas las cosas oía.
Entonces Dios se cansó    y aguantar más no podía
y mandó centellas que fuego    en sus entrañas tenían,
y la mujer en el suelo    condenada se moría;
y después vi el infierno    y a ella que en él ardía;
ya no había salvación    y remedio ya no había,
por eso estoy en mi trono    llorando lágrimas vivas.
¡Ay, no llores, la mi Madre,    ay, no llores, Madre mía!
que aunque el dolor es muy grande    aun mayor es la alegría.

Otros datos:
Título original: La casa de la Virgen.

Bibliografía:
Recogida por José María de Cossío y Tomás Maza Solano, entre 1933 y 1934 Publicada en Cossío 1933-1934, II. CVI (nº 371), pp. 156-158.