Delgadina v164

IGR: 0075. Versión: 164. Rima: á-a. Hemistiquios 96.

San Miguel de Tucumán (Tucumán, Argentina)

Un rey tenía tres hijas,    y las tres eran doradas;
de las tres, la menorcita    Delgadina se llamaba.
Un día estando en la mesa,    su rey padre la miraba.
¿Qué me miras, padre mío,    que me miras en la cara?
Tú serás la prenda mía,    tú serás mi enamorada.
Serás madre de mis hijos,    madrastra de tus hermanas.
No permita Dios del cielo    ni la Virgen soberana
que sea madre de tus hijos,    madrastra de mis hermanas.
Corran, corran, caballeros,    préndanla a esa desalmada,
y la lleven al castillo    a la pieza más cerrada.
Si pidiera de comer    le dan la carne salada,
y si pide de beber    le dan agua envenenada.
Una tarde, Delgadina    se asomaba a la ventana,
y a su madre la veía    peinando sus blancas canas:
¡Madrecita de mi vida,    alcánzame un trago de agua,
que la boca tengo seca    y partidas las entrañas!
¡Quita, quita, Delgadina–,    su madre le contestaba,
que si tu padre lo sabe    a las dos nos encerraba.
Al cabo de siete días,    Delgadina se asomaba,
y a sus hermanas veía,    que bordaban oro y plata:
¡Hermanitas ¡de mi vida,    por favor, un jarro de agua,
que el corazón tengo seco    y la vida se me acaba!
¡Quita, quita, Delgadina,    quita, quita desgraciada!
Si tu padre lo supiera    la cabeza nos cortaba.
Delgadina se fue adentro    muy triste y desconsolada.
Con las lágrimas que vierte    toda la pieza regaba,
con el pelo, pobrecita,    su lindo rostro secaba
y con otras que corrían    su mucha sed apagaba.
Al cabo de siete días,    Delgadina se asomaba.
Vio jugar a sus hermanos    con lanzas y con espadas:
Hermanos, si sois hermanos,    por favor, un jarro de agua,
que el corazón se me seca    y la vida se me acaba.
Retírate, mala perra,    retírate, perra hermana,
si esta lanza te alcanzara    las sienes te traspasaba.
Cumplidos los siete días,    Delgadina se asomaba,
y lo vio a su rico padre    jugando al juego de damas:
Padrecito de mi vida,    padrecito de mi alma,
hasta el alma tengo seca,    ¡por favor, un jarro de agua!
Yo te lo doy, Delgadina,    si sirves de enamorada.
Serás reina de Castilla,    madrastra, de tus hermanas.
Sí le serviré, mi padre,    aunque sea de mala gana.
Corran, corran, caballeros,    corran criados y criadas,
unos con jarros de oro,    otros con jarros de plata,
lleven agua a Delgadina,    que en la torre está encerrada.
Cuando llegan al umbral    se pasaron con el aguar
sobre la cama tendida,    Delgadina ya expiraba.
Aqui termina esta letra    de este rey tan desgraciado,
que por pretender a su hija    por siempre fue condenado.

Bibliografía:
Recitada por Apolinar Barber. Recogida en 1937. Publicada en Carrizo 1937, pp. 262-263. Reeditada en Díaz Roig 1990a, nº XII, 16.1, pp. 127-128.