IGR: 1548. Versión: 1. Rima: á-o. Hemistiquios 126.
España
Los altos hombres del reino del rey don Alonso el Magno,
viendo la tierra estragada y ser tan grande el estrago
que Bernaldo hazía en ella, al rey ansí le an hablado:
Señor, en fuerte hora vimos nos la prissión que avéis dado
a ese conde don Sandíaz, según que nos cuesta caro,
ca vuestra tierra se pierde, tanto mal haze Bernaldo;
si la vuestra merced fuesse y aquesto os viniesse en grado,
nos temíamos por bien que al conde mandéis soltarlo,
por escussar tantos males como los que an comentado.
El rey, cuando aquesto oyó, como quier que le a pensado,
díxoles que lo faría por escussar tanto daño,
por tanto que le llevasen luego a Bernaldo el recado,
don Tibalte y Arias Godos y le dixesen al cabo
que si a su padre quería le diese primero el Carpio.
Los condes fueron a él, y aviéndoselo contado,
Bernaldo, cuando esto oyera, de coraçón se a folgado,
y fue donde estava el rey, delante del cual llegado
le dixo como le vio: Pues vedes cuánto es guissado
aya ya de aquí adelante paz entre mí y vos, Bernaldo.
Bernaldo, que esto le oyó, esta respuesta le a dado:
Señor, más gana en las guerras cualquiera que es hijodalgo,
siendo cavallero pobre, que estando en paz sosegado.
El rey le dixera entonzes: Bernaldo, non e cuidado,
mas si queréis aver paz y ser en mi amor tornado
y que vos dé a vuestro padre, dadme el castillo del Carpio.
Bernaldo, siendo contento, luego al rey se lo a entregado
el cual por su padre el conde luego también a imbiado,
con los condes que primero el concierto avían llevado,
y con otros cavalleros que fueron acompañarlo,
los cuales llegando a Luna, al conde muerto an fallado;
desto avissaron al rey, el cual, como fue avisado,
imbióles a dezir que lo metiesen en baños
y que otrosí le vistiesen muy ricos y nobles paños,
y como si fuesse bivo lo truxesen a cavallo,
y que cuando oviese de Salamanca llegado,
se lo hiziesen saber por tal de salir a honrarlo.
Ellos fiziéronlo assí como el rey lo avía mandado,
lo cual, siendo dél sabido, salió a recivirlo al campo,
yendo ansí mismo con él a recebirlo Bernaldo.
El conde entonces venía como si estubiera sano,
vestido, y de cada parte de cavalleros cercado.
Llegados que en uno fueron, Bernaldo luego a empeçado
a dar bozes de alegría, diziendo en ellas muy alto:
¡Ay, Dios, si viene aquí el conde, de mí tanto desseado!
El rey, dicho que ubo esto, desta suerte le a fablado:
Llegadvos, veislo, ay está, yo por ende a saludarlo,
pues con tanta voluntad verlo avedes cobdiciado.
Bernaldo fue para él y allí le bessó la mano,
mas cuando la falló fría y lo vido demudado
y la color denegrida, entendió que era finado,
y con el pessar que ubo a dezir a començado:
¡Ay, buen conde don Sandíaz, en mal hora fui engendrado,
que nunca fue home perdido como por vos yo e finado,
ca pues que vos sodes muerto y el castillo e ya entregado,
no sé consejo en el mundo que me aproveche en tal caso!
El rey le dixo assí entonces, después de averie escuchado:
Bernaldo, oy más non es tiempo de fablar demasiado,
y digo que me salgades de la tierra, y más vos mando,
que más en ella no estedes, ca cierto os abrá pessado;
idvos luego al rey Carlos, que en Francia tiene el reinado,
cuyo pariente vos sodes, ca dél seres bien tractado.
Y dándole gran aver, después de aquesto passado,
se partió Bernaldo a Francia muy triste y desconsolado.